San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola

Ignacio de Loyola, nació en el castillo de Loyola, en Azpeitia, población de Guipúzcoa cerca de los Pirineos, el 24 de octubre del año 1491. Su devoción a la Iglesia Católica se caracterizó por la obediencia absoluta al Papa.

Canonizado por el Papa Gregorio XV en 1622, se le venera como patrón de los retiros. Su festividad se conmemora el 31 de julio.

 

Vida de San Ignacio de Loyola

Dedicado en un primer momento al ejercicio de las armas e impulsado por un fuerte deseo de ganar honra, San Ignacio de Loyola se vio obligado a abandonar la vida militar tras ser herido en el campo de batalla.

A los 30 años cambió radicalmente su vida. San Ignacio de Loyola tomó la decisión de entregarse a la vida religiosa tras una grave lesión que sufrió en una de sus intervenciones militares; en 1521 resultó herido por una bala de cañón en la batalla de Pamplona.

Durante su recuperación, leyó mucha literatura religiosa, lo que despertó su vocación. En ese tiempo tuvo la oportunidad de leer la “Flos Sanctorum” (vidas ejemplares de Santos), la “Vita Christi” de Rodolfo de Sajonia, y el “De imitatione Christi” de Thomas Kempis. Estas historias le llevaron a preguntarse por el sentido de su vida y el hambre de Dios comenzó a apoderarse de él.

Saliendo de su casa familiar el peregrino recorre muchos caminos buscando la Voluntad de Dios. De sus muchas andanzas, geográficas e interiores, surgieron los “Ejercicios Espirituales” una propuesta que nos da “modo y orden de meditar y orar” para “encontrar y hacer” la Voluntad de Dios.

En el año 1528 y por el espacio de los siguientes siete años, realizará en la capital francesa estudios de teología y de literatura y en 1537 se ordena como sacerdote. En París, se le unen compañeros (Pedro Fabro, que era sacerdote de Saboya; Francisco Javier, un navarro; Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla) con los que formó la Compañía de Jesús.

San Ignacio de Loyola fue el fundador de la Compañía de Jesús, popularmente conocida como Los Jesuitas.

Hasta que en el año 1540 el Papa aprobó la orden, Loyola y su grupo se dedicaron al trabajo humanitario y a la labor de la enseñanza.

 

Compañía de Jesús

Dentro de la Iglesia Católica existen múltiples corrientes, órdenes y congregaciones que viven su Fe y se expresan espiritual y políticamente de formas diversas. Varias de estas órdenes han destacado a lo largo de la historia, ya fuera por su poder e influencia, sus costumbres o sus ideas. Pero existe una especialmente controvertida, que ha resultado decisiva en la evolución de la Iglesia: la Compañía de Jesús, los Jesuitas.

La Compañía de Jesús es una Orden Religiosa de la Iglesia Católica, cuya finalidad es salvar y mejorar al prójimo a través de la Consagrada acción Evangélica de sus miembros. Está orientada al servicio de la difusión de la Fe de Dios. Está hoy en día extendida por todo el mundo, con cerca de 17.000 Jesuitas que trabajan por la evangelización del mundo, en defensa de la Fe y la promoción de la justicia.

La misión Jesuita es una misión de reconciliación, que trabaja para que las mujeres y los hombres puedan reconciliarse con Dios, consigo mismos, con los demás, y con la creación de Dios.

San Ignacio de Loyola quería que los Jesuitas estuvieran siempre preparados para desempeñar cualquier labor o ser enviados donde fueran requeridos, con una permanente disponibilidad a partir en misión:

 

“Todos los que Su Santidad nos mandare respecto al provecho de las almas o la propagación de la Fe, estaremos obligados a cumplir, sin tergiversaciones ni excusas, inmediatamente y en cuanto estará de nuestra parte, a cualquier parte adonde nos quiera enviar, o a los turcos, o a los nuevos mundos, o entre los luteranos, o a cualesquiera otras tierras de fieles o infieles […] Este voto nos podrá dispersar por las diversas partes del mundo.” (Defensores de la Fe)

 

Su modelo eran los primeros discípulos de Jesús, que salen de Jerusalén y llevan a todas partes “hasta los extremos del mundo” la noticia de la Vida, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, y de un modo especial, el apostolado itinerante de Pablo. Los Jesuitas, además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, emiten un cuarto voto de obediencia al Papa, que se refiere a las misiones específicas a las que este les pueda destinar.

San Ignacio también insistía particularmente en la prevalencia de la caridad, como se muestra en este escrito recogido en las páginas de Defensores de la Fe:

 

“Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores.”

 

Los Ejercicios Espirituales, herramienta que San Ignacio de Loyola legó a la Iglesia, son la fuente de la espiritualidad Ignaciana que guía a los Jesuitas en su búsqueda de trabajar al servicio de la misión de Cristo en el mundo de hoy.

Cabe destacarse que la Compañía de Jesús, fundada por Loyola, es hoy la orden religiosa masculina más grande del mundo.

 

Los momentos finales de San Ignacio de Loyola

En 1550 San Ignacio de Loyola padeció una grave enfermedad, lo que hizo que presentara su renuncia al generalato porque no se veía con fuerzas para continuar. Sin embargo, sus compañeros no aceptaron dicha renuncia, razón por la cual San Ignacio siguió en el cargo, aunque más debilitado.

Durante todo el mes de julio 1556, San Ignacio de Loyola se encontró muy mal. Se lo llevaron a la casa de campo del colegio romano. Regresó a Roma los últimos días de julio. Falleció durante la madrugada del 31 de julio de 1556, después de haber repetido varias veces durante la noche: “¡Ay, Dios!”.

Si podía encontrar a Dios con tanta facilidad es porque se había desalojado de Sí mismo. San Ignacio había culminado su peregrinaje en vida y ya estaba habitando en Dios.

Para hallar la Gracia del Señor, hemos de entregar nuestras vidas a Dios Santísimo, tal y como hizo San Ignacio de Loyola y así es como lo expresa en una de sus tantas reflexiones que comprende el Diario Espiritual de San Ignacio de Loyola:

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