Sacrilegio y Maldición del Cristo del Consuelo de Cazorla

Castillo de la Yedra - Cazorla - España copyright Heraldos del Evangelio

Historia del Cristo del Consuelo

A comienzos del siglo XVII la familia Fernández Angulo de Sandoval se fue a vivir a Cazorla y
adquirieron para su sepultura una capilla lateral de la iglesia parroquial de Santa María, a la
que dotaron de varios objetos de culto, entre ellos un cuadro de un Cristo crucificado. Este
cuadro, denominado Cristo del Consuelo, pasó desapercibido hasta que a finales de ese siglo
una inundación arrasó con el interior de la iglesia, salvándose el cuadro del Cristo. Entonces
comenzó a ser tenido como milagroso.
En 1810 la población de Cazorla tomó armas contra los franceses que habían invadido España y
sostuvo una heroica lucha, que fue reconocida especialmente en las cortes de Cádiz dotando a
la villa del título “Muy noble y muy leal”. Durante los combates los franceses incendiaron la
ermita, los conventos y la parroquia. El incendio de la iglesia Santa María fue completo.
Cuando el fuego se extinguió, todos contemplaron atónitos que el cuadro del Cristo del
Consuelo estaba intacto entre las ruinas de la iglesia. El hecho quedó reflejado en las actas
capitulares como un milagro. Desde entonces la devoción al Cristo se intensificó en toda la
comarca.

La Guerra civil

Cuando estalló la guerra civil, toda la región fue zona roja. Los marxistas se apoderaron del
municipio y saquearon sin piedad todos los edificios religiosos. El día de Santiago, en la plaza
mayor los rojos montaron una enorme hoguera cuyas llamas eran alimentadas con objetos
religiosos. Un miliciano apareció entre la multitud airada y con sus brazos alzó el cuadro del
Cristo del Consuelo y lo arrojó al fuego entre los vítores de la horda. El cuadro milagroso quedó
consumido.
Tiempo después el miliciano marchó al frente con la columna de Miaja que operaba en
Andalucía. Luchando en el Valle de los Pedroches, una bala perforó su brazo derecho. Mientras
se retiraba herido, una bala perdida le alcanzó el brazo izquierdo. Caído al suelo por el empuje
del último impacto perdió el conocimiento, y quedó en el suelo por el espacio de varias horas.
Al recuperar el conocimiento trató desesperadamente de regresar a sus líneas. Herido y
desangrado vagó algún tiempo hasta encontrar el campamento republicano.
Al llegar fue atendido con celeridad por los médicos. Sin embargo ya era tarde. Había pasado
mucho tiempo y las heridas se habían infectado. En aquellos años la penicilina acababa de ser
descubierta, pero su uso no estaba generalizado, sólo se empleaba en Estados Unidos y muy
esporádicamente. Los médicos debieron amputar ambos brazos. Cuando el miliciano despertó
y descubrió los efectos de la operación, entró en una amarga desesperación.

Restauración del cuadro

 

Terminada la guerra, la amnistía franquista permitió al miliciano gozar de una pensión de
invalidez. Con esa pensión mantenía a su mujer y a su hijo. La vida se le volvió muy dura. La
gente del pueblo recordaba que había sido él el hombre que había arrojado el cuadro del
Cristo milagroso, y los rumores de que había sido castigado por Dios cobraban mucha fuerza.
Al poco de terminar la guerra, una familia pudiente cazorleña entregó a la iglesia una réplica
del Cristo del Consuelo, que ellos habían encargado hacer, y que habían escondido durante
toda la guerra. A la reposición del cuadro en el lugar de honor de la parroquia acudió todo el
pueblo, menos el miliciano que se negó a asistir.

De padres a hijos

Pasaron los años y el hijo del miliciano alcanzó los dieciséis. Un día llegando a casa, su madre
observó que el bíceps del brazo derecho estaba un poco hinchado. Algún golpe me habré
llevado, respondió el muchacho. En los días sucesivos la inflamación no sólo no desapareció,
sino que aumentaba ligeramente. El médico del lugar no le dio importancia, y la cosa quedó
así. Hasta que una nueva inflamación comenzó en el otro brazo. Entonces saltaron las alarmas.
Había que ir a Madrid.
La mujer acudió al párroco a quien suplicó ayuda económica para que la familia pudiera viajar.
Así, la iglesia que el miliciano había ayudado a destruir ahora hacía una colecta para poder
llevar a su hijo a Madrid.
Por la generosidad de los católicos la familia pudo viajar, y el joven ser atendido en el Hospital
Provincial de Madrid. Allí los médicos trataron al enfermo y no tardaron en diagnosticar el mal:
tumor de Evans. Un cáncer no maligno que afecta a las partes blandas del cuerpo como brazos
y piernas. No era mortal, pero el tratamiento, en aquella época, muy molesto y sufrido.
Varios años después el hijo del miliciano consiguió hacer una vida normal. Marchó del pueblo,
encontró trabajo en Jaén y contrajo matrimonio. Tuvo un hijo. Un verano, el niño pasó unos
días en casa de los abuelos. Al sentarse a la mesa en camisa de manga corta, la abuela observó
horrorizada que el brazo derecho estaba inflamado. Ha sido un golpe, abuela, repuso el niño.
El tumor de Evans es hereditario.

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