El sacrilegio de Joaquim Ferré

Plaza del sacrilegio de Joaquim Ferré

En el año 1896 Barcelona, por ser una ciudad muy industrial, era un hervidero de luchas sociales. El 7 de junio los anarquistas pusieron una bomba durante la procesión del Corpus Christi, que mató a doce personas y provocó  heridas en varias decenas, todos ellos ciudadanos corrientes que iban delante de la procesión, mientras las autoridades locales acompañaban al Santísimo Sacramento muy detrás. La represión no se hizo esperar. Una ola de detenciones y juicios que culminaron en los Procesos de Montjuic. Los anarquistas provocaron un hondo clima de indignación entre la población, que se manifestó en una completa repulsa de todos los sectores sociales, desde los centros políticos hasta los centros sindicales obreros. El gobierno presentó a las cortes el proyecto de ley de represión del anarquismo. Una especie de ley de excepción que castiga con severidad el crimen anarquista.

Unos días antes de que dicha ley se aprobase, cuatro anarquistas se dirigían a sus casas de noche por las calles del Raval, el barrio obrero de Barcelona. Uno de ellos, Joaquim Ferré.

El acto

El barrio estaba iluminado por luz de gas. Los cuatro acababan de asistir a una reunión secreta del anarquismo en la cual se dieron las directrices de dispersión. Se habían quedado solos. Ni comunistas ni socialistas les apoyaban. Ahora iban a ser cazados. Bastaba estar en la lista del gobernador regional como anarquista para ser detenido. Había que esconderse.

Los comentarios entre los cuatro eran bien lúgubres. Uno decía: ¨Maldita Iglesia¨, el otro:”es la burguesía explotadora que nos oprime con la injusticia”. Y a cada comentario ardían las cabezas. Llegados a un cruce, divisaron en lo alto una imagencita de la Virgen del Carmen en su nicho. Entre los obreros había muchos católicos, incluso socialistas. Y sobre todo sus mujeres e hijos. “El opio del pueblo”, pensó Joaquim, y llevado por un arrebato propuso delante de sus compañeros destruirla. Los compañeros se quedaron mirando para ver si era capaz. En seguida buscó una escalera…la del pintor, que siempre la deja fuera. Provista de ella, y vigilando los otros de que no hubiese testigo alguno, subió hasta la Virgen. Teniendo la pequeña imagen en frente le asaltó la duda. Pero sus amigos abajo estaban esperando a que cumpliera su palabra. Pensó en tirarla al suelo y así destruirla por completo. Pero al día siguiente todos se darían cuenta. Y cortar la cabeza también sería visible. Entonces tomó una resolución, sacó la navaja del bolsillo del pantalón y cortó la nariz de la imagen. Bajó de la escalera y pisó la nariz rota hasta dejar sólo polvo. Contentos, aquellos hombres se separaron para no verse nunca más.

Al día siguiente Joaquim marchó a la fábrica de armamento, donde trabajaba. En el camino debió de pasar por el lugar de la imagencita, y cuál fue su sorpresa al ver a mucha gente arremolinada ante la esquina. Algunas mujeres lloraban, otras mostraban fisionomías de indignación. También había varios hombres, y por lo visto uno de ellos había ido  buscar a un sacerdote. Un poco contrariado, continuó su camino hacia el trabajo. Al anochecer se encontró con que estaba teniendo lugar un acto de desagravio por el sacrilegio cometido. Era tanta la muchedumbre convocada, que no pudo pasar y tuvo que quedarse hasta que finalizó. Lanzando imprecaciones en voz baja llegó a su casucha.

La enfermedad

Los días transcurrieron en tremenda soledad. Sin amigos, y mirado por todos los vecinos con desprecio por su condición anarquista, Joaquim esperaba ser detenido de un momento a otro, aunque nada había hecho, salvo aquello de aquella noche.

Al amanecer de un día corriente, Joaquim sintió cierto malestar en la nariz. No le dio importancia alguna y marchó a trabajar. Al anochecer el malestar, aunque pequeño, persistía. Al día siguiente se despertó y ante el espejo descubrió que había sangrado por la nariz mientras dormía. Despachó el asunto como una pequeña infección ocurrida en el trabajo por la manipulación del níquel. Era algo muy corriente en el trabajo del armamento.

Sin embargo durante los días siguientes no hubo mejoría, sino más bien todo lo contrario. Perdía el olfato con frecuencia, la nariz estaba obstruida, y los sangrados continuaban. Fue a ver al médico de la fábrica quien no identificó el origen del mal.

El tiempo pasaba y el mal continuaba avanzando. Pronto a todas las dolencias se sumó un horrible dolor de oídos. Con la cara hinchada y renqueando marchaba a trabajar todas las mañanas, y pasaba por la esquina donde la Virgen del Carmen ya había sido restaurada. Pasaba sin mirarla. En el trabajo nadie se compadecía de él, nadie le ayudaba. En una soledad terrible la enfermedad era irreversible. Apenas dormía, descansaba poco. Una mañana al entrar en la fábrica los obreros se le quedaron mirando atónitos. Malhumorado, Joaquim les espetó: “¡Qué pasa!”. Había perdido un pedazo de la nariz.

Ya fuera del trabajo, y viviendo en la miseria, con un mal incurable. Su vida se había reducido a la cama y vivir de algo de comida que le traían mujeres de obreros católicos. Ellas sí tenían compasión con él. La Iglesia de la que tan mal hablaba es la que venía en su ayuda. Tenía cáncer en la nariz, difícil cura en aquella época, imposible tal como estaba avanzado. Las mujeres llamaron a las Hijas de la Caridad, que atendían esas zonas complicadas. Trataron a Joaquim como a un hijo de Dios, con caridad le cambiaban los vendajes, y le daban de comer en días difíciles. Siempre Joaquim las despedía con lágrimas en los ojos.

La Conversión

Una de las muchas noches en que no conseguía dormir, Joaquim marchó a aquella fatídica esquina donde la Virgen del Carmen había vuelto. Ante Ella sintió algo que no supo definir. Cayó de rodillas y llorando suplicó perdón a la Madre de Dios. A primera hora de la mañana marchó a la catedral a confesarse. El canónigo Guillem dels Prats estaba en el confesionario. Recibió al penitente con desconfianza. Veía a un obrero de ropa muy gastada, con un pañuelo que le tapaba media cara, y que por la boca despedía mal olor. “No se inquiete, padre, soy un enfermo” dijo para tranquilizar al sacerdote. El canónigo desconfiado pronto quedó conmovido a medida que la confesión avanzaba. Después de una hora, la confesión terminó y ambos se abrazaron.

De regreso, Joaquim saludó a la Virgen, y por su cabeza pasó la idea de que Ella le iba a curar. Y entonces se asustó. ¿Sería capaz de mantener su conversión hasta el final de su vida? La prohibición del gobierno al anarquismo terminaba en dos años, y sus amigos volverían. ¿Sería capaz de aguantar? Con estos pensamientos regresó a casa. Antes de tumbarse, se miró al espejo con la venda quitada, y vio que apenas le quedaba nariz. Su apariencia era monstruosa. “Pero la Virgen me ha perdonado”.

Unos días después la nariz desapareció enteramente, y con ella la vida de Joaquim. El canónigo Guillem le dio los últimos sacramentos ante una multitud conmovida. Después del entierro la editorial del Apostolado de la Prensa, cuyo presidente era el marqués de Comillas, relató la conversión del obrero anarquista Joaquim para que quedase constancia escrita. Dicha conversión fue publicada en “La Lectura Dominical “de aquella semana.

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1 comentario en “El sacrilegio de Joaquim Ferré”

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