Nuestra Señora Auxiliadora

Nuestra Señora Auxiliadora

El pecado

A simple vista podríamos decir, que no hay peor mal en este mundo, que ofender a Dios. Sin embargo, hay algo mucho peor. San Francisco Javier acertadamente advirtió a los pecadores: “Aunque el pecado es un gran mal, hay algo todavía más espantoso, faltar a la confianza en Dios”. El pecador que no acude a Dios, a Su Madre, la Virgen María, que nos ha dado como medianera universal de todas las gracias, comete un acto que empeora todo. Tal estado de espíritu resulta, frecuentemente de las infidelidades crónicas, de las faltas cometidas en el pasado de insatisfacción consigo propio.

En estas condiciones, la persona puede pensar: “Soy tan ruin, he pecado tanto y, además de eso, me siento tan mediocre y sin ningún valor, que tengo miedo de aproximarme a la Virgen, y pedir auxilio”. Comportarse así es como si uno de los diez leprosos que fueron a pedir la cura a Jesucristo, se dijera a sí mismo antes: “Estoy tan leproso que no tengo valor de pedirLe la curación”. Y por esta razón, no acudiese a Cristo, aun sabiendo los miles de curaciones que iba realizando. Entonces, con estos pensamientos jamás habría obtenido la curación.

¿Qué sería en este caso la actitud acertada?: “Estoy tan necesitado de este milagro, ¿que la única salida es pedir con todo empeño”.

Así como la lepra fue para aquellos hombres, también nuestras miserias son una razón para recurrir a la Virgen. Y por mayor que sea el horror que tengamos a nuestros pecados y defectos interiores, ni por ello deja de ser verdad que, levantando los ojos a María, Ella nos atenderá.

Nuestra Señora Auxiliadora

La Iglesia siempre ha defendido que las mayores glorias de la Virgen redundan en el hecho de Su Maternidad divina. Es decir, porque elegida para ser Madre del Verbo Encarnado, le fueron concedidos todos los augustos privilegios y dones excepcionales.

De esta manera, siendo Ella la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, es también Madre nuestra, permanentemente dispuesta a ayudarnos en todo aquello que necesitemos. Ella se inclina con bondad a Sus Hijos, que son todos los bautizados, por más desvalido, desencaminado espiritualmente, o que crea que no valga nada. Y María, Su Madre, se vuelve hacia él en un primer movimiento, que siempre es de amor y de auxilio.

La Virgen nos acompaña incluso antes de que nos dirijamos a Ella. Ella tiene la ciencia de lo que sucede a todos los hombres, en cualquier lugar. Sabe de todas nuestras necesidades, y por su omnipotente intercesión nos alcanza todas las gracias que son importantes para nuestra perseverancia y santificación. Cuando a Ella nos dirigimos, Su primera pregunta: “Hijo mío, ¿qué quieres?”.

Cuando nos veamos perdidos, inmersos en un callejón sin salida, debemos confiar a Ella. En tinieblas, envuelto en luz mortecina, pedir a Aquella que es luz. Por muy perdida que se la situación, invocar a Ella. Sólo pide auxilio aquel que está en necesidad, y Ntra. Sra. Auxiliadora tiene este trazo característico, el ser por excelencia auxiliadora. Aquella que auxilia a todos, de todas las maneras, con una riqueza indescriptible. Jamás se cansa de dar, jamás se cansa de perdonar. Después de haber dado mucho, después de haber perdonado mucho, sobre todo para aquel que Le ha ofendido, tiene todavía una sonrisa de piedad. Y socorre a esa alma.

En la vida cotidiana

 

A todo instante de nuestra vida necesitamos de auxilio ¿Cuál es el hombre que no necesita ayuda? Si un hombre es feliz, él necesita de auxilio para no abusar de esa felicidad. Porque nada es más fácil para el hombre que abusar de la felicidad. En la felicidad se olvida fácilmente de la cruz, que es nuestro principal medio de salvación. Sin negarse a uno mismo y cargar la Cruz no puede haber salvación. La felicidad verdadera está en llevar la cruz, y rechazarla para llevar una vida sin problemas es poner en riesgo nuestra salvación.

Ntra. Sra. Siempre auxilia más, y siempre que auxilia más, convida y da más fuerzas al alma para que pida más auxilio. Como una roldana que llega hasta el Cielo. Y a fuerza de recibir auxilio, el alma comprende la importancia, la bondad, una bondad que nunca se cansa, la necesidad de recibir ese auxilio. Y cuanto más recibe, más comprende, y cuanto más comprende, más ella quiere, y cuanto más ella quiere, más ella pide, y más ella recibe. Así se establece una roldana, en que Ella más tira hacia el Cielo, mientras la persona quiera agarrarse a la cuerda.

Y así el hombre va dejando de lado su afán de autosuficiencia. Ponerse en manos de Aquella que sabemos que nos ama. Confiar sin temor ninguno, sin miedo a perder el control. Y en una situación de crisis, colocarse en manos de Ella. Y no se trata aquí de una resignación perezosa, sino en un maravilloso acto de confianza. Quien se resigna, no tiene confianza. Quien no tiene confianza, no ama a Dios. Quien pone su confianza, no en sí mismo, sino en un acto amoroso a Dios, avanzara rápido por las vías de la santidad.

En la tierra la vida puede ser muy difícil, pero mientras el alma conserve el recuerdo de su Madre, siempre tendrá la esperanza del Paraíso.

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