Nochebuena de 1937

montaña de Barcelona

 

En la noche de navidad de 1937, un escuadrón de milicianos marxistas siguió el cruce que, a lo largo del borde del bosque de la Collserola, que se comunica desde la carretera de Barcelona hasta la sierra. El aire era fresco, pero casi tibio. Aunque era la época de las noches más oscuras de todo el año; aquí y allá, detrás de los setos desnudos, grandes manchas de nieve, que quedan en los surcos, proyectan grandes sombras y forman cuadrados de luz.

Los revolucionarios marchaban, nada uniformados, abrigados de ropas robadas a los ricos. Los fusiles a la espalda golpeaban rítmicamente, haciendo un ruido sordo.

Al llegar a un promontorio, paran, se giran y observan la ciudad de Barcelona. Es Navidad, Pero la ciudad está callada. ¡Ay de aquellos que celebren una fiesta religiosa en una ciudad bajo dominio rojo! El silencio esconde la paz, que habita dentro de algunas casas, que tiene lugar la celebración del nacimiento de Cristo. No hay mucha comida. El racionamiento es muy severo, y no entiende de fiestas.

Los milicianos, no soldados, voluntarios fuertemente ideologizados, prosiguen la marcha.

  • Allí, junto al Torrente de las Torres. Por allí ha de pasar.
  • Probablemente vendrá de la fuente de santa Margarita…
  • No es ese nombre… es la fuente del pueblo.
  • Siempre se ha llamado así…
  • ¡Calla!

Se volvió hacia los hombres: “¡Hoy agarraremos al cura!”.

  • Escondámonos por allí.

 

*****

 

La Sierra de Collserola es un lugar montañoso de muchos recovecos y cuevas. En una pequeña cueva, lleva viviendo una temporada que se está haciendo interminable, el doctor Joan Marco. No con mucha comida, y envuelto en mantas medio roídas. Su delito: Ir de peregrinación a Montserrat.

Cuando los rojos terminaron de asesinar a los sacerdotes y seglares que pillaron y que conocían, buscaron nuevas informaciones. Mientras quemaban los archivos de las parroquias, encontraron listados de peregrinos que acudían a santuarios. Los nombres de los varones atrajeron su fatal atención. Joan Marco fue avisado por un miliciano que había trabajado en su imprenta, y a quien había tratado como un amigo. Saltando por los tejados escapó por unas horas a “la brigada del amanecer”, que le fue a buscar para matarle. Ya en la montaña, se encontró con un pastor que le condujo a este refugio. De vez en cuando viene y le trae comida y mantas. Esta noche… ha prometido venir.

 

*****

Los milicianos ya sienten el frío. Acurrucados y silenciosos, sueñan con la fenomenal recompensa que les traerá la captura del cura. Este sacerdote no es un sacerdote cualquiera. Le llaman “el pipas”. Llevan meses buscándole. Le han visto vestido de pastor, buhonero, agente de correos, campesino cualquiera… un simple párroco de pueblo lleva dándoles esquinazo durante meses. Pero hoy no va a ser así. Un traidor les ha revelado su itinerario nocturno.

De repente, un sonido les inquieta. Los soldados salen de la fría modorra. Unos pasos se acercan. Salen del escondite: “¡Alto!” grita el que está al mando. Miran a la poca luz que ilumina la luna. Resulta que es otro miliciano.

– “¡Camaradas!” responde el desconocido.

– ¡Vaya! ¿Qué haces aquí?

– Me envían de la Modelo, a reforzaros, porque el cura éste no se os puede escapar.

– Vale… agrúpate aquí con éstos… Todos a esconderse.

De nuevo regresan a sus escondrijos. El sopor vuelve, y el despiste con él.

– ¡Eh! ¿Dónde está el nuevo?

 

******

 

Joan está petrificado, y no es por el frío. Un miliciano acaba de entrar en la cueva secreta.

-Tranquilo, soy yo.

Aquella nochebuena fue la más hermosa para los dos. En una cueva fría, con apenas algo para cubrirse, y con casi nada de alimento, y con el nuevo Herodes ahí fuera, reproducen modernamente la gruta de Belén. La misa es celebrada, y luego la parca cena es compartida. Es la felicidad perfecta. Muchos años después ambos recordarán con lágrimas en los ojos aquella feliz noche.

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