Los Sueños de San José

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Cuando leemos el Evangelio, disfrutamos de una narración tan sencilla que, muchas veces no somos conscientes de la enorme profundidad que alberga. Leemos y no percibimos la tragedia que se esconde detrás. No somos enteramente conscientes de los momentos angustiosos en los diferentes pasajes evangélicos.

El primer sueño de San José

“No temas aceptar a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,20-21).

Después de los santos desposorios, establecieron la Virgen Santísima y San José su casa en Nazaret. No tardó el santo patriarca en advertir que María había concebido después del viaje a ver a su prima santa Isabel. San José estaba bien versado en las Sagradas Escrituras, y sospechaba que el Mesías debía de nacer de una Virgen de la casa de David. Así dice san Juan Crisóstomo: “Cuando conoció el embarazo de su mujer, supo que era cierto que era obra del Espíritu Santo, pues de lo contrario, ni la habría tenido dentro de casa, ni la sustentaría en ella”. Entonces, nos preguntamos: ¿Por qué quiso abandonarla? San Bernardo nos responde: “Por lo mismo que San Pedro dijo al Señor: Apártate de mi que soy un pecador.

San José se reputaba indigno y pecador. La propia Santísima Virgen a santa Brígida le cuenta el suceso: “… No concibió contra mí siniestra sospecha. Recordó entonces todo lo dicho por los profetas, que el Hijo de Dios debía de nacer de Madre Virgen. Y se reputó indigno de servirme, hasta que por sueños el ángel depusiera su temor, y con caridad me sirviera”.

De esta manera debemos ver a San José, como un hombre preso del asombro, la duda, la perplejidad y el temor propios de alguien tomado por el espíritu de humildad. Por muy santo que alcance a ser un hombre, no tiene por qué saber todo de antemano. Y es más. Pasados los siglos, para nosotros es fácil entender la Encarnación. Pero en aquella época, aunque se tuviese en cuenta todas las profecías de los santos profetas, tener la realidad encima era algo muy diferente. Que Dios se encarnase en un ser humano, y en una mujer que le era muy cercana, era un misterio tan colosal que sobrepasa a todo entendimiento humano. San José fue puesto ante el umbral del misterio y medía su indignidad.

Esta disyuntiva le hizo sufrir enormemente. No ha habido una perplejidad más grande en la historia, salvo, quizás, el efecto que la Pasión de Cristo causó en los apóstoles. Esta perplejidad monumental llevó a San José a desear alejarse de la Virgen María, pero no por considerarla pecadora, sino para no interferir en los planes de Dios. Su decisión fue honestísima, y solamente detenida con la acción del ángel.

Fue quizás el sufrimiento, y la purificación que este sufrimiento obró en él, lo que le dispuso para el conocimiento y la comprensión de lo que significaba la revelación que se le hizo. He aquí como todo sufrimiento bien aceptado lleva a la iluminación, y esa iluminación da la capacidad al hombre para percibir los designios de Dios.

El segundo sueño de San José

“Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y huye a Egipto; quédate allí hasta que te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2,13).

De repente, sin previo aviso, sin ninguna preparación ni atisbo que, siquiera confusamente, les dispusiera para lo que les esperaba, la revelación de un peligro inmediato y grave introdujo el temor y el desasosiego donde antes se vivía en paz y serenidad. Porque la revelación fue acompañada de un mandato que le urgía a la acción casi antes de poderse hacer cargo de lo que ocurría. Quien lo haya experimentado, sabe bien la desazón de un despertar bruscamente del sueño por alguna desagradable o catastrófica noticia, el confuso desconcierto y la intranquilidad paralizadora que acompaña a ese estado, entre turbio con referencia a la mente y demasiado claro por lo que respecta a sentimientos infaustos.

Debió de ser muy duro, y desconcertante, lo que lo hacía aún peor. La ignorancia del por qué o para qué de algo que nos sobreviene de improviso suele provocar un estado tal de perplejidad que es muy difícil entonces acertar con la decisión acertada. Por eso el ángel le dijo lo que debía hacer. No era momento de hacer preguntas ni de perderse en lamentaciones inútiles.

El Evangelio continua con esa expresividad maravillosa, no hubo dilación: “Tomó al niño y a su madre”. En ningún momento san José se nos muestra asustado y apocado. Es un hombre enérgico y con una fe inmensa, que sabe enfrentarse ante los problemas de la vida, sale adelante ante las situaciones difíciles, y las asume con responsabilidad e iniciativa. Toma la decisión y la lleva ante las últimas consecuencias.

San José obedece. Suspende su propia inteligencia, acepta lo que quizás no entiende. Esa docilidad ante Dios de ninguna manera es señal de debilidad, es señal de fortaleza. Siempre, dominarse a sí mismo no es señal de debilidad. Doblegar nuestra autosuficiencia es doblegar nuestro orgullo. La verdadera libertad, la auténtica, la única, es decir “sí” cada vez que Dios se dirige a nosotros para decirnos ¿quieres? Es decir “sí” cuando tenemos un verdadero deseo de unir nuestra voluntad con la de Dios, de una manera constante. Empezando por las pequeñas cosas del día.

De nuevo el ángel le comunicó a san José lo indispensable. El resto lo dejó a su propia iniciativa, al buen sentido y su experiencia. Huir en seguida, dirigirse a Egipto, permanecer allí hasta nuevo aviso, es lo que Dios quería de él. San José decidió el cómo, y los medios. El camino a seguir, el alimento… la ida a Egipto estuvo muy lejos de parecerse al apacible y casi idílico cuadro lleno de seguridad y de milagros, y de bondadosos salteadores, y fuentes de agua fresca brotando del desierto para calmar la sed de los fugitivos. Aunque todo eso fuese cierto, ha de haber sido un viaje muy duro.

San Juan Crisóstomo considera con pasmo el contraste entre el poder de Dios y el aparente abandono en que la Sagrada Familia se ve constantemente, como si en lugar de estar pendiente de sus necesidades el Cielo los tuviera olvidados a merced del egoísmo o de la maldad de los hombres. ¡Qué sentido podría tener estos apuros y estrecheces, peligros, amenazas y huidas, concluyendo que tales cosas encierran una gran lección para nosotros: desde el principio debemos aguardar las tentaciones y asechanzas! Desde el principio Jesús abrazó la Cruz y también la abrazaron los que más Le amaron.

El tercer sueño de San José

«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». 

De nuevo cruzar el país hasta llegar a Israel. Era un viaje que sabían que tenían que realizar. Pero esperaban… ¿el qué? Pues el aviso del ángel. Tal como le dijo el divino mensajero: “…quédate allí hasta que te diga…” Un momento que no tiene por qué coincidir con la muerte de Herodes. De hecho, el ángel habla en plural sobre los enemigos del Mesías, por lo tanto, no sólo fue Herodes el que quería asesinarle.

Ahora, la pregunta que nos podemos hacer… ¿Quién más quería matar al Mesías? Todos aquellos para quienes el Niño- Dios suponía un estorbo. La tradición judía afirmaba que el Mesías era un liberador. Pero resultó ser algo mucho más que eso: un liberador del pecado. Algo que muchos no querían, y cuyas conciencias alertaban de que no querían novedades, pues deseaban seguir viviendo como estaban.

El cuarto sueño de San José

“Al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret” (Mt 2,22-23).

Ahora bien, el problema que se le plantea a san José aquí es diferente. El ángel no especifica el lugar donde el niño- Dios iría a vivir. Es probable que san José pensara en regresar a Belén.  Belén estaba en Judea, la tetrarquía en que los romanos habían dividido Palestina, la zona de Judea correspondía a Arquelao, hijo de Herodes, tan sanguinario como él. Mientras la zona de Galilea, donde estaba Nazaret, gobernaba Herodes Antipas, bastante benévolo, al menos por aquella época.

El problema que presentaba Galilea era otro. Era una tierra muy lejos de ser pura en costumbres. Un territorio que apenas se nombra en el Antiguo Testamento. Un lugar alejado de Dios en la práctica religiosa. San Mateo, retomando a Isaías, afirma: “territorio de Zabulón y territorio de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una luz intensa, a los que habitaban en sombras de muerte les amaneció la luz” (Mt 4,15-16; Cfr. Is 8,23- 9,1). De ahí la duda más que razonable, de san José de llevar a la Sagrada Familia a vivir a aquel lugar. El ángel de nuevo se le manifestó en sueños, y marchó a ese lugar. No deja de ser un misterio enorme porque Jesucristo iniciará su misterio en un lugar tan desprestigiado por justas razones.

 

Y así concluimos que los sueños de San José son también probaciones, sufrimientos que le fortalecieron para ser padre del Mesías; y le instruyeron en la vida interior; y le descubrieron quién era realmente.

Desgraciadamente, la mayor parte de los hombres jamás llegan a descubrir lo que ellos mismos son. Miran tanto hacia afuera y hacia a su alrededor que acaban ignorando absolutamente lo que llevan dentro. Se esconden en la multitud que les rodea, adoptan sus formas, su pensamiento, sus tópicos cambiantes, como si fueran líquidos, sin consistencia que se amoldan a cualquier forma, porque carecen de una propia. Y en caso de tener que enfrentarse a un conflicto, en vez de examinar qué es lo que Dios quiere, espera de ellos, y de acuerdo con esta orientación buscar la solución adecuada, se fijan en los criterios vigentes en la sociedad en que están sumergidos. Por este camino se suelen los hombres atraer muchos males de muy distinta especie.

 

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