Custodios Vivos

Adoración del Santísimo Sacramento en una de las capillas de los Heraldos del Evangelio en España

Una luz tenue en el espacio sagrado invita a la intimidad con Dios en la oración. No hablo de una gran
basílica, sino de la acogedora capilla lateral, donde se puede adorar a Jesús en la Hostia consagrada,
expuesta en la custodia.
Los objetos litúrgicos de ese sitio armonizan con el entorno y glorifican, cada uno a su manera, el
Santísimo Sacramento. Analicemos uno de ellos: la custodia.
La custodia está diseñada, únicamente, para exponer la sagrada especie durante los momentos de
vigilia y actúa así como «guardia de honor» de la Eucaristía, custodiándola en un dignísimo entorno,
mientras los católicos le dedican actos de fe, amor y confianza. Debido a su importante función, la
piedad quiso fabricarlo con materiales preciosos, normalmente, el oro fino o la plata pura y las
piedras preciosas que, sin duda, destacan para glorificar, con su belleza, al Rey del universo.
Sin embargo, me gustaría destacar el vidrio o cristal cilíndrico, cuya transparencia permite que
nuestra mirada descanse sobre la Sagrada Hostia. Tiene poco valor monetario, pero su simbolismo va
más allá de su valía porque el cristal queda muy cerca de Jesús Hostia, envolviéndole y
protegiéndole.
Es indispensable mantener siempre limpia y translúcido este cristal para que el fiel adore, bajo el velo
de la fe, a aquel mismo Mesías que, durante su vida terrena en Israel, curó a los enfermos, consoló a
los afligidos, afianzó a los débiles, resucitó muertos, castigó a los malos, expulsó demonios, enseñó la
verdad, derramó su sangre, destruyó a la muerte y redimió a la humanidad.
Sin embargo, nuestra mirada atraviesa el cristal y no siempre se da cuenta del cristal. Está ahí para
cumplir un designio, sin preocuparse por ser admirado ni para buscar atenciones, únicamente para
proteger y manifestar la Hostia durante los actos de Adoración Eucarística.
En uno de sus poemas, Santa Teresita del Niño Jesús dice: «Por su presencia, soy una custodia
viviente». En efecto, el bautizado en estado de gracia tiene a Dios habitando y actuando en su alma.
En estas circunstancias, como el cristal de la custodia, se convierte en modelo para los demás,
revelando a Nuestro Señor Jesucristo, mediante el buen ejemplo de la virtud.

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