Heraldos del Evangelio – Apostolado del Oratorio

APOSTOLADO DEL ORATORIO

Oratorio
   ¿Quién lo promueve? ¿Con qué objetivo? ¿En qué consiste? ¿Cómo se desarrolla? María Reina de los Corazones es un apostolado promovido por los “Heraldos del Evangelio”, en estrecha colaboración con la Asociación Cultural Salvadme Reina de Fátima.
      Tiene por objetivo cooperar con los Obispos y párrocos en la labor apostólica de la nueva evangelización, atendiendo a los insistentes llamamientos del Papa Juan Pablo II. De una manera especial, trabajar para que los católicos no practicantes pasen a participar en la vida eclesial de sus respectivas parroquias.
      En su actuación, se empeña por alcanzar sobre todo a las familias, incentivándolas a un compromiso efectivo con las actividades parroquiales. El Apostolado consiste básicamente en hacer peregrinar de casa en casa un oratorio de Nuestra Señora de Fátima. Cada familia recibirá el Oratorio en su hogar una vez por mes, en un día fijo. En ese día, invitará amigos, parientes y vecinos para juntos hacer la lectura de un pasaje del Evangelio, seguida de unos minutos de reflexión; rezar un rosario y un acto de consagración de la familia a Jesucristo, por medio de María.
      Cada grupo de 30 familias recibe asistencia y orientación de un(a) coordinador(a), de preferencia un matrimonio. El Apostolado del Oratorio se realiza siempre en armonía con el plan pastoral de cada Diócesis y de sus respectivas parroquias.
¿Cómo puedo participar?
— Formando un grupo de familias y convirtiéndose en su coordinador o responsable.
— Recibiendo un Oratorio en su casa. Habitualmente una vez al mes. 
Incríbase:

 

Llámenos desde España al teléfono: 902 115465, o rellene el cupón que aparecerá al presionar en el botón Participar.

 

      Participe en esta iniciativa y diga como el Papa Juan Pablo II, en la Consagración del Milenio a la Santísima Virgen: “Madre, tal como el apóstol Juan, queremos recibirte en nuestra casa para aprender con tu Hijo” (8 de octubre de 2000)
Últimos boletines del Oratorio para descargar:

JUVENTUD DE HOY, SOCIEDAD DE MAÑANA

Nº. 40
Mayo/Junio 2012
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EL APOSTOLADO DEL ORATORIO SE EXPANDE POR EL MUNDO

Nº. 37
Marzo/Abril 2011
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EL PAPA EN FATIMA

Nº. 34
Junio 2010
Maria Reina de los Corazones
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¡PAZ! ¿DÓNDE ESTÁS?

Nº. 31
Diciembre 2008
María Reina de los Corazones
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MARÍA, REINA DE LOS CORAZONES

Nº. 28
Año 2007
María Reina de los Corazones
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DIEZ AÑOS DEL APOSTOLADO DEL ORATORIO

Nº. 39
Enero/Febrero 2012
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NAVIDAD, DIOS MÁS CERCA DE LOS HOMBRES

Nº. 36
Noviembre/Diciembre 2010
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ID AL MUNDO ENTERO…

Nº. 33
Febrero 2010
María Reina de los Corazones
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V CONGRESO INTERNACIONAL DE COOPERADORES

Nº. 30
Septiembre 2008
María Reina de los Corazones
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MARÍA, REINA DE LOS CORAZONES

Nº. 27
Año 2007
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SEÑORA DE FÁTIMA, BENDICE A ESPAÑA

Nº. 38
Mayo/Junio 2011
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“DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN A MÍ”

Nº. 35
Septiembre/Octubre 2010
María Reina de los Corazones
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MISIONES MARIANAS POR TODA ESPAÑA

Nº. 32
Año 2009
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LA PRIMERA IGLESIA DE LOS HERALDOS DEL EVANGELIO

Nº. 29
Año 2008
María Reina de los Corazones
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UN DÍA CON MARÍA, EN LA DIÓCESIS DE GUADIX-BAZA

Nº. 26
Año 2007
María Reina de los Corazones
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San Martín l

San Martin I Papa
San Martín l papa
Publicado 2018/04/13
Autor : Catholic.net

 

Papa y Mártir, Abril 13
Oriundo de Todi y diácono de la Iglesia romana, Martín fue elegido Papa para suceder al Papa Teodoro, muerto el 13 de mayo del 649. 
Inmediatamente demostró mucha firmeza en la conducción de la Iglesia. En efecto, no pidió ni esperó el consentimiento para su elección por parte del emperador Constante II que un año antes había promulgado el Tipo, un documento en defensa de la tesis herética de los monotelitas. Para acabar con la difusión de esta herejía, a los tres meses de su elección, el Papa Martín convocó en la basílica lateranense un gran concilio, al que fueron invitados todos los obispos de Occidente. 
La condena de todos los escritos monotelitas, decretada en las cinco solemnes sesiones conciliares, suscitó la furiosa reacción de la corte bizantina. El emperador ordenó al exarca de Rávena, Olimpio, que fuera a Roma y arrestara al Papa. Olimpio no sólo se propuso cumplir las órdenes imperiales, sino que trató de asesinar al Papa por medio de un sicario durante la celebración de la misa en Santa María Mayor.

 

 

 

En el momento de recibir la Hostia de manos del Pontífice, el vil sicario sacó el puñal, pero en ese momento quedó repentinamente ciego.

 

 

Probablemente este hecho convenció a Olimpio de cambiar de actitud y a reconciliarse con el santo Pontífice y a proyectar una lucha armada contra Constantinopla. En el 653, muerto Olimpio de peste, el emperador pudo llevar a cabo su venganza, haciendo arrestar al Papa por medio del nuevo exarca de Rávena, Teodoro Caliopa.

 

 

Martín, acusado de haberse apoderado ilegalmente del alto cargo pontificio y de haber tramado con Olimpio contra Constantinopla, fue llevado por mar a la ciudad del Bósforo. El largo viaje, que duró quince meses, fue el comienzo de un cruel martirio. Durante las numerosas escalas no se permitió a ninguno de los fieles que salieron a saludar al Papa que se acercaran a él. Al prisionero no se le daba ni siquiera el agua para bañarse. EL 17 de septiembre del 654 llegó a Constantinopla, fue colocado en una camilla y expu

 

 esto durante todo un día a los insultos del pueblo, y después lo encerraron durante tres meses en la cárcel Prandiaria. Después comenzó un largo y extenuante proceso, durante el cual fueron tales las sedicias que le hicieron murmurar al imputado: “Hagan de mí lo que quieran; cualquier clase de muerte será un bien para mí”. 

 

 

 

Degradado públicamente, desnudo y expuesto a los rigores del frío, encadenado, fue encerrado en la celda reservada a los condenados a muerte. El 26 de marzo del 655 lo hicieron partir secretamente para el destierro en Crimea. Sufrió el hambre y padeció en el abandono más absoluto durante cuatro meses más, hasta cuando la muerte le llegó, agotado en el cuerpo pero no en la voluntad, el 16 de septiembre del 655.

 

 

Monotelismo: Es una herejía en la que se aceptaba las dos naturalezas de Jesús, pero tan sólo una voluntad: la divina.

 

http://es.arautos.org/view/lastLeaf/479-Santo

Conociendo las vías de la confianza

Autor : Plinio Corrêa de Oliveira

Entre los cuatro libros que más marcaron el alma del Dr. Plinio figura “El libro de la confianza”. En la conferencia que transcribimos a continuación narra cómo fue su encuentro con dicha obra.

Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, susurráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz”…

Esta frase la relaciono con días de mucha aflicción para mí. Con 25 años me encontraba en una encrucijada de mis caminos, en virtud de una determinada circunstancia de mi vida en que el problema de discernir la voz de Cristo, la voz misteriosa de la gracia, se presentaba de un modo bastante agudo.
A los 24 años me fui a Río de Janeiro para asumir mi puesto de diputado en la Asamblea Constituyente. Viajé despreocupado con respecto a mi familia, pues la dejaba en condiciones de vida completamente normales.
A pesar de ser todavía joven, me dirigía hacia allí tranquilo, porque, si mi elección correspondía a los planes de Dios, yo sabría obtener éxito. La Divina Providencia no le traza a un hombre un camino sin darle el apoyo necesario. Así, estaba convencido de que, incluso teniendo que soportar alguna amargura, todo acabaría bien.
Aflicciones y decepciones
Conociendo las vías de la confianza PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRASin embargo, no todo en Río de Janeiro salió para mí como un joven idealista esperaba. La vida parlamentaria me trajo enormes sinsabores, los cuales, sumados a otras dificultades, me hicieron sentir cierta desilusión, como si la Providencia no fuera a cumplir las perspectivas que Ella misma había abierto ante mí.
Poco tiempo después, una información procedente de São Paulo vendría a turbar más mi horizonte. En efecto, el futuro de mis padres y el de sus dos hijos estaba prácticamente asegurado por la voluminosa herencia que nos legaría un pariente cercano. Pero esta persona, ya mayor, hizo un mal negocio y perdió todo su patrimonio. En consecuencia, no heredaríamos nada. Peor aún. Quedaríamos reducidos a una grave situación financiera.
Pensé: “¿Cómo puede ocurrir una cosa así? ¿Ahora qué voy hacer? Cuando termine mi mandato de diputado, ¿qué profesión ejerceré? Era mejor no haber salido electo que, concluida la carrera parlamentaria, estar obligado a optar por un empleo inferior”.
Luego aquello que a primera vista parecía un regalo de la Providencia, se había transformado en algo que caía sobre mí.
Como si no bastara la preocupación con ese futuro tan desabrido, sombrío, amenazador, empiezo a sentir todas las noches, alrededor de las tres de la madrugada, una neuralgia en la cara. Fortísima, como si fuera un clavo incrustado en el rostro, y que me impedía dormir. La única salida que tenía para encontrar cierto alivio era sentarme y quedarme con la cabeza apoyada sobre dos o tres almohadas, permaneciendo así hasta que me viniera el sueño. Entonces así conseguía descansar un poco más.
Me despertaba y tenía que salir deprisa a la reunión de los diputados paulistas y, a continuación, a la sesión de la Asamblea. Por la noche, me quedaba algo de tiempo para rezar el Rosario, cuidar de mi vida espiritual, etcétera.
Quien nunca ha pasado por una de esas neuralgias no imagina lo que es quedarse durante esas horas nocturnas así doblado, sintiendo un clavo introducido en el rostro y sin conseguir dormir. Y en mi caso, pensando en todos los problemas que me afligían. Es decir, la pérdida de una fortuna, una carrera profesional comprometida, en fin, viendo mi vida muy dificultosa. Mi porvenir parecía una flor que había brotado por la mañana bajo un lindo sol y que antes de anochecer ya tenía sus pétalos arrancados y esparcidos por un vendaval…
Sin hablar de otra circunstancia que no hacía más que aumentar esa angustia. Había tomado la resolución de consagrar toda mi vida al apostolado católico. Es comprensible que para tal fin no podría dedicar mucho tiempo al trabajo profesional. Pero, claro, si no ejerciera ninguna profesión, no tendría cómo proporcionarles a mis padres, que ya caminaban hacia la vejez, una vida acorde a su posición social. ¿Cómo hallaría una solución? ¡Qué problemas, qué cosas misteriosas!
Y así quedaba yo deshecho ante esas perspectivas, horas y horas, noches en vela, sin saber qué salida darle, hasta el momento en que la Santísima Virgen determinara que se hiciera luz en tan sombrío panorama.
Un libro comprado al azar
Cerca de mi hotel se erguía la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, adonde yo iba a comulgar todos los días. Ocurre que, debido a las neuralgias y a las preocupaciones, me resultaba difícil levantarme tan temprano como sería necesario para recibir la sagrada Eucaristía durante las Misas de la mañana, ya rezadas cuando yo llegaba a la iglesia. Pero el párroco era extremadamente amable conmigo: al percibir que mis horarios eran bastantes ajustados, siempre se disponía a darme la comunión en el momento en que apareciera yo por allí. Superfluo es decir cómo le estaba agradecido por esa caridad, haciéndoselo entender al saludarlo con particular gentileza. Sólo era eso, pues tenía que salir corriendo hacia la Asamblea Constituyente y no tenía tiempo para entablar una conversación con él.
Sin embargo, un día el sacerdote se me acercó y me dijo: “Dr. Plinio, estamos organizando una exposición de libros piadosos en la sacristía. Si usted desea ver la muestra, tal vez haya alguna obra que le guste”.
De hecho, me estaba diciendo otra cosa: “Para mantener la parroquia, estamos vendiendo algunos libros. ¿Usted no querría ayudarnos comprando algunos?”. Yo, debiéndole tantos favores, no podía ni era mi voluntad rechazarlo. Auxiliar a aquella parroquia era una cosa muy buena, y quería colaborar en esa forma de bien. De modo que concluida mi acción de gracias, fui corriendo hasta la sacristía dispuesto a adquirir dos o tres libros, elegidos al azar. Cogí uno de cuyo tema ya no me acuerdo, y otro llamado El libro de la confianza.
Me retiré apresuradamente, me subí a un taxi y fui a trabajar, llevando los libros en la mano. Por la noche, de vuelta en la habitación del hotel, los dejé sobre un mueble cualquiera, sin prestarles mucha atención.
“Voz de Cristo…”
En fin, allí estaba el libro y, aquel mismo día o al siguiente, resolví hojearlo. Era de una lectura muy fácil, con letras grandes y capítulos cortos. Escrito por un tal P. Thomas de Saint-Laurent y traducido por “M. P.” (que yo sabía que eran las iniciales de la esposa del expresidente Epitacio Pessoa, una señora de renombradas dotes literarias). Desconociendo el camino que la Santísima Virgen me preparaba, abrí el libro y leí esa frase que, después de tantos y tantos años, aún recuerdo muy bien: “Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia, susurráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz”.
Me causó singular impresión el hecho de que yo estaba angustiado y lleno de dudas y nunca, pero absolutamente nunca, había oído hablar de la confianza como una virtud que el católico debía practicar. Entendía que confiar en Dios es una actitud buena. Incluso me acordaba de un canto interpretado por el coro de la parroquia en la que me había hecho congregado mariano, cuya letra en latín era: “Beatus homo qui confidet in te” – Dichoso el hombre que confía en ti, Señor. Me gustaba escuchar aquello, era una canción que me decía algo, pero no profundizaba en su significado.
Ahora bien, en aquella amargura mía, al leer las palabras “voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia”, tuve una sensación curiosa, como si una atmósfera dulcísima y llena de afecto penetrara en mí, alejara todos los espantajos y recelos y me dijera: “Repita, hijo mío: voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia, susurráis en mi alma palabras de dulzura y de paz”.
Sentía algo que hacía que se extinguieran todas mis angustias y me daba una certeza de que, realmente, esos fantasmas de perspectivas y de preocupaciones futuras desaparecerían. Y de que el Señor y la Virgen resolverían exitosamente los problemas que tanta amargura me causaban.
Continué leyendo el libro y en cada nueva frase, la misma sensación de tranquilidad se producía en mí. Me daba la impresión de estar entrando en un bosque encantado donde brotaban flores maravillosas, donde los pajarillos cantaban de un modo más sonoro y agradable posible, etcétera.
Conociendo las vías de la confianza
¿Y dónde queda la razón?
No obstante, siempre habituado a raciocinar mucho, y desconociendo la doctrina católica acerca de la confianza, tenía dos objeciones contra esos sentimientos.
En primer lugar, no se me presentaba ninguna razón plausible para confiar en que la Santísima Virgen me ayudaría en aquella emergencia, pues no veía en mi horizonte nada que me prometiera una solución. Y el hombre ha de ser concreto, no puede vivir de impresiones interiores. Para confiar, necesitaría motivos sinceros, francos, “al pan, pan, y al vino, vino”, hijos de la razón. Ahora bien, ¿dónde estaba la razón dentro de toda esa historia?
Después estaba el hecho de que en ciertas horas del día leía aquellas frases y para mí era como si estuviera mascando serrín de madera. No me decían nada. A otras horas, al contrario, era como si penetrara un pedazo de Cielo dentro de mi espíritu. Enseguida, una objeción: “¿Qué propósito hay en esto? No entregaré mi alma a esas sensaciones interiores sin antes obtener una explicación de cómo se fundamentan en la buena y ortodoxa doctrina de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana”.
Pero, no había remedio, era una experiencia curiosa: abría el libro y penetraba en mí esa dulzura. En ese momento, las objeciones desaparecían, haciendo evidente que aquello era una acción de la gracia, un favor de Dios y de la Virgen. No obstante, cuando cerraba el libro, aquella suavidad se eclipsaba y ya no era tan patente para mí que se tratara de un movimiento de la gracia. Luego, necesitaba pruebas.
La solución exacta, en el momento exacto
Éstas aparecieron, de manera bastante inesperada.
Los fines de semana los pasaba en São Paulo para estar con mis padres y el domingo por la noche o el lunes por la mañana regresaba a Río de Janeiro.
Cierta noche, en una de esas idas a São Paulo, me encontraba en el edificio de la Congregación Mariana de Santa Cecilia, cuando un congregado amigo mío, persona muy viva e inteligente, se acercó a mí y, en un tono de voz bajo, casi susurrado, me dijo:
-Plinio, ¿te gustaría que te diera cierta información para que consigas un empleo muy bueno? Cuando dejes de ser diputado, te quedas con ese trabajo…
¡Caí de las nubes! “Este hombre no sabe nada sobre mi vida, no conoce los apuros y problemas por los que estoy pasando, ¿cómo puede venir a ofrecerme algo tan capaz de satisfacerme y de aliviarme de tantas preocupaciones?”.
En fin, cuando uno se está ahogando en el mar, se agarra a cualquier cuerda que aparezca, porque debe estar sujeta a algún lugar sólido. Inmediatamente cogí dos sillas y le hice que se sentara a mi lado:
-Ven aquí y cuéntamelo todo. Se había enterado de la apertura de plazas para profesores en el Colegio Universitario de la Facultad de Derecho de São Paulo, y comprobó que yo encajaba en una de ellas. Con algunas providencias, yo conseguiría el puesto, con un óptimo sueldo.
Dudé un poco, pero finalmente resolví actuar conforme me había indicado. Y de hecho, después de algunos trámites, acabé siendo nombrado profesor catedrático vitalicio y con el vencimiento irreductible. Era el cargo que deseaba, con el sueldo que necesitaba y una honrosa posición para un exdiputado.
Terminó el mandato, volví a São Paulo y el empleo estaba a mi espera. Más o menos por esa época me ofrecieron otros dos cargos de profesor catedrático, en las dos primeras facultades católicas abiertas en São Paulo: la de Sedes Sapientiæ y la de San Benito.
En ese ínterin, las neuralgias desaparecieron, como si nunca hubieran existido. Algunas cargas me habían sido quitadas de encima y entendí la verdad de esta afirmación: “Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia…”.
Las razones para confiar
Todo lo que nos lleva hacia la virtud será siempre una acción que baja del Cielo hasta nuestras almas. Y si algo nos impele a proceder conforme a la fe y a la doctrina católica, existen todas las razones para creer que eso viene de Dios.
Máxime cuando nos sentimos débiles y notamos en determinado momento una fuerza que nos ayuda a realizar lo que pensábamos que no estaba al alcance de nuestra flaqueza. Es Dios quien está levantándonos y haciéndonos andar. Él nos prueba, nos pide una tarea ardua y pesada, pero nos sustenta para que caminemos. Deus qui ponit pondus, supponit manum, dicen las Escrituras. Dios que impone el peso, coloca debajo su mano para que lo soportemos.
Por lo tanto, si sentimos valor y tenemos vuelo de alma para emprender lo que antes nos parecía tan difícil, podremos verdaderamente decir: “La gracia me está conduciendo. Dios me llama. Yo voy”.
Lo que había pasado conmigo al leer El libro de la confianza era, pues, obra de la gracia. A través de sus páginas benditas, acabé conociendo las vías de la confianza, la cual debe llevarnos a cada uno de nosotros a este punto: aunque existiera un gran peligro de que los planes de Dios acerca de nosotros no se concreten, debemos permanecer tranquilos porque, al final, se realizarán.
Tranquilos, es verdad, pero no indolentes. Es necesario rezar y pedir para obtener, siguiendo el consejo del Señor: “Pedid y se os dará; llamad y se os abrirá”.
Y les recuerdo que nunca una petición le será verdaderamente grata a Él, si no la hacemos por medio de la Santísima Virgen, Madre suya y nuestra. Madre de misericordia, nuestra vida, dulzura y esperanza. Entonces pidámosle a Ella, y por medio de Ella a Nuestro Señor Jesucristo, diciendo: “Madre mía, vuestro divino Hijo tiene tales designios respecto a mí, pero los problemas se acumulan enfrente de mi camino. Sin embargo, no me dejo tomar por angustias ni inquietudes, porque confío en Vos. ¡Ayudadme!”.
Y así practicamos, de la mejor manera posible, la virtud de la confianza.
Extraído de la revista “Dr. Plinio”. Año III, N.º 23 (Febrero, 2000); pp. 6-11.

El mejor fundamento de nuestra confianza

Mater Mea
Publicado 2018/04/04
Autor : Redacción
La confianza es, por tanto, infundida en el alma por el Espíritu Santo y, como todas las gracias y dones, pasa invariablemente por las manos de la Virgen.
Mater mea Fiducia mea

Si quæris cælum, anima, Mariæ nomen invoca… – Invoca el nombre de María, oh alma, si deseas alcanzar el Cielo. Al nombre de María, las culpas huyen, y las tinieblas, el dolor, la enfermedad, las heridas”. Esta sencilla oración, cuyo origen se pierde en las antiquísimas tradiciones de la Iglesia, es una hermosa glosa de la exclamación del salmista, todavía más antigua: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo” (Sal 22, 4).

Vemos cómo la vida de los santos está cuajada de estertorosas aflicciones, dolores y perplejidades. A decir verdad, el sufrimiento es la característica de la santidad. La vida de toda persona virtuosa acaba siendo, tantas veces, una sucesión de fracasos o incluso de tragedias. De esto nos da ejemplo Job, que ante los infortunios exclamó: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor” (Job 1, 21).
Llama la atención, sin embargo, que haya personas que en tales situaciones extremas encuentren fundamentos tan sólidos para mantener la calma y la serenidad, hasta el punto de que en su alma llegan a florecer esas conmovedoras expresiones de piedad y de fe. ¿De dónde les viene eso?
Se suele definir a la confianza como “la esperanza fortalecida por la fe”, y ésta, a su vez, es una gracia que ilumina “los ojos del corazón” (cf. Ef 1, 18). Las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero la certeza dada por la luz divina es mucho mayor que la dada por la luz de la razón natural. En esa seguridad sobrenatural el alma encuentra motivos que le alimentan la esperanza de alcanzar la eternidad feliz y el consuelo definitivo para sus males actuales.
La confianza es, por tanto, infundida en el alma por el Espíritu Santo y, como todas las gracias y dones, pasa invariablemente por las manos de la Virgen. Ella no se basa en conceptos teóricos, sino en una certeza interior puesta en el corazón del hombre que lo ordena por completo. Aporta en consecuencia una gran calma, una convicción de que la vida y el sufrimiento tienen sentido, por muy árido y tortuoso que sea el camino.
El que experimenta esa acción apaciguadora de la gracia conoce los efectos de una misericordia insondable, de una bondad que lo envuelve por entero. Siente en su interior la compasión de esa Madre que atiende a su hijo rebosante de pena, con una dadivosidad pacientísima e inagotable, dispuesta a ayudar en grado inimaginable en cualquier momento. Y adquiere la certeza de que la Virgen puede y quiere arreglar cualquier situación, siempre que hacia Ella nos dirijamos.
Esa misericordia insondable, que se multiplica solícita para atendernos, es el mejor fundamento para nuestra confianza. ¿Qué hemos de hacer para conseguirla? Al ser una gracia, no depende de nuestro esfuerzo; basta pedirla, y Ella nos la dará… porque quiere dar. Sólo espera nuestra petición…

Heraldos del Evangelio en Madrid ofrece una maravillosa obra echa por Mons. João Scognamiglio Clá Dias sobre Plinio Corrêa de Oliveira

Libro "Un profeta para nuestros días"
¡No se lo pierda! 
Encuadernación en rústica, 24 x 16 cm, 288 páginas
     No hay nadie más indicado que Mons. João Scognamiglio Clá Dias para ofrecer una visión completa de Plinio Corrêa de Oliveira desde el único punto de vista por el cual merece ser considerado, es decir, el del designio de Dios respeto a él.



     El lector podrá comprobarlo en la obra El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira, publicada en cinco volúmenes por la Librería Editrice Vaticana, de la que el opúsculo que hoy presentamos es una breve síntesis.

Encargue YA su libro a través del email: heraldosmadrid@gmail.com
O en el teléfono: 913 077 577

Cooperadores

Cooperadores

Admisión, privilegios, obligaciones

Son numerosas las personas que también sienten el llamado de la gracia para santificarse y actuar según la espiritualidad, el carisma y la misión de los Heraldos del Evangelio, pero cuyos deberes de estado impiden una dedicación completa.
En la audiencia del día 28 de febrero de 2001, los integrantes de la asociación internacional privada de fieles de derecho pontificio Heraldos del Evangelio se sintieron animados a llevar adelante su proyecto de evangelización, al ser convocados directamente por S.S. Juan Pablo II, que les exhortaba con las siguientes palabras:“Anunciad valientemente, por el mundo entero, a Cristo Nuestro Señor. Sed mensajeros del Evangelio por la intercesión del Corazón Inmaculado de María.
Para entregarse por completo a una actividad evangelizadora y realizar al mismo tiempo su ideal de perfección basado en su carisma, muchos Heraldos del Evangelio viven en comunidad, aunque conservan su estado de laicos, y se someten a un Ordo de Costumbres, practicando los consejos evangélicos de castidad, obediencia y pobreza, y guardan el celibato.
No obstante, son numerosas las personas que también sienten el llamado de la gracia para santificarse y actuar según la espiritualidad, el carisma y la misión de los Heraldos del Evangelio, pero cuyos deberes de estado impiden una dedicación completa, lo cual requiere otra forma de integración en la Asociación. Poco a poco, dentro de este movimiento eclesial, se les fue conociendo como Cooperadores, Apóstoles o Terciarios, constituyendo una sección especial que está inspirada en la organización de algunas órdenes religiosas.
Según los Estatutos de los Heraldos del Evangelio, los Cooperadores son aquellos que “aunque sintiéndose identificados con el espíritu de la Asociación, no pueden asumir plenamente los fines de la entidad, por sus compromisos clericales, su pertenencia a algún instituto de vida consagrada o sociedad de vida apostólica, o sus deberes matrimoniales o profesionales” (Estatutos, 9).
Al ser, por lo tanto, laicos casados o solteros que viven en el mundo, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seglares de vida consagrada o miembros de otras asociaciones o movimientos eclesiales, los Apóstoles de los Heraldos del Evangelio, además de observar los preceptos y deberes propios a su estado, se esfuerzan por vivir en conformidad con el carisma y la espiritualidad de la Asociación, dedicándole su tiempo libre y comprometiéndose a cumplir algunas Obligaciones.
Cooperadores
Desean aplicar a su vida en el mundo –en sus círculos familiares, en las actividades sociales y en sus tareas profesionales– el espíritu y las enseñanzas de los Heraldos del Evangelio, y ser para su prójimo testigos de Cristo por la palabra y el ejemplo.
En la medida en que sus deberes de estado y su modo de vida lo permitan, el Apóstol o Cooperador también se encaja en las actividades de la Institución, bajo la orientación de quienes los superiores designen. Sin embargo, como cualquier otro heraldo del Evangelio, saben que todos los esfuerzos serán estériles si su corazón no está íntimamente unido a Jesús y a María, pues la vida interior es el alma del apostolado.
Están agrupados en Sodalicios, organizados en función de la parroquia a la que pertenezcan o de la proximidad de alguna casa de los Heraldos del Evangelio. El candidato a Cooperador deberá empezar con una preparación para hacer su Consagración a Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, por las manos de María, según el método de San Luis María Grignion de Monfort. Será admitido más tarde en una ceremonia hecha para tal fin y en la cual, tras pronunciar la fórmula de la mencionada consagración, recibirá la Capa de Cooperador, la Insignia o distintivo con el que se identifica, un Devocionario y un ejemplar del Ordo de Costumbres.
El Devocionario está compuesto por las oraciones que los cristianos deben rezar en diferentes etapas del día: al levantarse y al acostarse, antes y después de las comidas, a la hora de la Salutación Angélica (el Angelus); además de otras preces muy convenientes para incrementar la vida de piedad, alcanzar la intercesión de la Santísima Virgen y la de los santos y agradar a Dios.
El Ordo de Costumbres sirve tan sólo, en su conjunto, como guía de comportamiento y como estímulo en el camino rumbo a la perfección. El Cooperador se verá obligado a cumplir solamente los puntos que se indican más adelante.
En el acto de admisión, el Cooperador también asume un Compromiso de honra que consiste en el cumplimiento de algunas Obligaciones, determinadas éstas por el Consejo General de la Asociación, sin que su violación, por sí misma, constituya pecado o imperfección.
Propositos 1.- Llevar una vida moralmente ejemplar.
El Cooperador debe primar por una conducta moralmente ejemplar, recordando lo que dice Nuestro Señor en el Evangelio: “Quien escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en lo profundo del mar” (Mt 18, 6 ).
2.- Buscar la perfección en todas las acciones interiores y exteriores.
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Este propósito une la obligación que todo cristiano tiene de esforzarse en la vía de la perfección, en virtud del consejo del Señor –“Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48)–, con el carisma de los Heraldos del Evangelio, según el cual, para dar testimonio de la belleza, del esplendor de la verdad y de la virtud y ser símbolo de la bondad y grandeza infinitas de Dios, es necesario dar una nota de solemnidad y pulcritud –que significa buscar la perfección– en todas las acciones interiores y exteriores.
3.- Difundir la devoción a Jesús Sacramentado.
4.- Difundir la devoción a la Santísima Virgen María.
5.- Defender al Papado.
Santo Tomás de Aquino dice que el celo por las almas es amor en acción. ¿Qué es lo que mejor podría hacer un Cooperador de los Heraldos del Evangelio para poner en práctica el amor por sus semejantes, sino difundir la devoción a Jesús y a María y defender la Piedra sobre la cual Cristo edificó su Iglesia? Por añadidura, fortalece su adhesión al espíritu de los Heraldos del Evangelio, que se apoya sobre esas tres inalterables columnas.
6.- Pautar su comportamiento por el del Ordo de Costumbres de los Heraldos del Evangelio.
El Cooperador debe tratar de cumplir los deberes de piedad diarios, especificados más adelante, según la manera indicada en el Capítulo I del Ordo.
Entre los actos enumerados en el Capítulo X (De los actos practicados en la intimidad), escogerá por lo menos tres que procurará poner en práctica.
Compromisos de piedad diarios 1.- Renovar la Consagración a Jesús por las manos de María (al menos en su fórmula abreviada).
2.- Rezar el Rosario completo (20 misterios) o por lo menos una de sus partes (5 misterios gozosos, luminosos, dolorosos o gloriosos).
3.- Rezar la Salve y la Letanía de Nuestra Señora.
“Dios te salve, ¡llena de gracia!, el Señor está contigo” (Lc 1, 28), éste fue el saludo que el arcángel Gabriel le dirigió a María Santísima. Todos los santos consideran que el progreso en el camino de la perfección es posible con la intercesión y el auxilio de Nuestra Señora –dispensadora de las gracias divinas– y las oraciones que el Cooperadordebe rezar diariamente son las más recomendadas para dirigirse a nuestra Madre del Cielo.
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4.- Participar de la Eucaristía siempre que sea posible.
Asistir a la Santa Misa diariamente es una excelente fuente de gracias. Tanto más si el Cooperador considera la sublimidad del misterio de la misa (la renovación incruenta del propio sacrificio de la Cruz) y pone atención en las lecturas (que nos traen nuevas lecciones de sabiduría o que nos permiten nuevos discernimientos en las ya conocidas) verá en esta celebración una oportunidad de estar próximo al propio Dios.
5.- Rezar al menos un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria por las intenciones del Papa, precedidos por: “Oremos por nuestro Pontífice el Papa N… , que el Señor lo guarde y conserve con vida para que sea feliz en la tierra y no sea entregado a la maldad de sus enemigos”.
Además de que el Apóstol se beneficia de la indulgencia concedida a este acto de piedad, es una manera de unirse aún más al Santo Padre, y por medio suyo a Cristo Nuestro Señor.
Compromisos mensuales 1.- Participar en la reunión y en la celebración eucarística del Sodalicio al cual pertenezca.
“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 8, 20). Por lo tanto, es una ocasión más para que el Cooperador se aproxime a Nuestro Señor Jesucristo y reciba muchas gracias. Además de esto, en los actos en conjunto del Sodalicio, litúrgicos o no, el Cooperador encontrará una oportunidad óptima para practicar el amor al prójimo y colaborar en el progreso del grupo, ya que la unión multiplica la fuerza.
2.- Hacer una hora de adoración al Santísimo Sacramento, en la medida de lo posible.
En su insondable bondad, Cristo, que distribuyó tanta riqueza espiritual a los hombres, aún ha querido concedernos un tesoro infinito: estar presente en la Tierra Él mismo –en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad– a disposición de cualquier persona que quiera buscarle para expresarle su amor, hacerle pedidos, desahogarse contándole sus aflicciones, implorar su auxilio o simplemente “conversar”. El Cooperador de los Heraldos del Evangelio está siempre sediento de estos encuentros con el propio Dios.
3.- Recibir en su casa el Oratorio del Inmaculado Corazón de María.
Ésta es una excelente manera de poner en práctica el deseo de hacer bien a las almas, acercándolas a María. De hecho, ¿puede haber algo mejor que empezar por el propio hogar de uno, santificándolo, reforzando la paz y los lazos familiares, edificando a su cónyuge, a sus hijos, a los demás parientes, empleados, vecinos o amigos?
4.- Hacer alguna obra de misericordia: visitar a los enfermos; ir a hospitales, cárceles, asilos, orfanatos u otra institución de caridad; distribuir objetos de piedad; dar clases de catecismo; dar apoyo y orientación espiritual a los que están más necesitados espiritualmente; etc.
El que va en auxilio del alma de su hermano, salvará su propia alma (Cfr. St 5,20). Esta acción y la promesa que lleva consigo están, hoy más que nunca, a disposición del cristiano. Si la pobreza material en el mundo de hoy alcanza amplias zonas de la población, cuánto más la pobreza espiritual no hace acepción de clases sociales. Afecta a millones de personas que están a la búsqueda de un buen consejo, de un buen ejemplo, de un apoyo moral, de una palabra de orientación, de alguien en quien se pueda confiar. A su vez, El Cooperador de los Heraldos del Evangelio tiene esa avidez y alegría de llevar el alimento espiritual a estos necesitados. Y, al final de esta vida terrena, recibirá su recompensa en el Cielo.
Otros compromisos
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1.- Colaborar, en la medida de sus posibilidades, en la distribución de material religioso o en algún tipo de Apostolado, como el del Oratorio.
Los autores espirituales acostumbran a llamar “sed de almas” a aquella disposición interior que cualquier católico debe cultivar, la conquista de almas para Cristo. La experiencia demuestra cómo son eficaces algunos recursos muy simples, como la distribución a los transeúntes de folletos estampados con una imagen de Nuestra Señora. Son numerosas las personas que narran el haber recibido gracias de conversión, sea por la contemplación del bondadoso rostro de María, sea por las palabras de estímulo del evangelizador. El Cooperador también es invitado a comprometerse en acciones de este tipo.
2.- Hacer uso notorio del distintivo en la vida cotidiana, si no fuera inconveniente.
3.- Vestir la Capa de Cooperador, siempre que sea posible, cuando colabore en las actividades pastorales diocesanas o parroquiales, ya sea al participar de los ministerios laicos, ya sea al estar presente en ceremonias solemnes, procesiones u otros actos de culto.
4.- Llevar la Capa de Cooperador siempre limpia y bien planchada.
Cuentan los escritos biográficos de San Francisco de Asís que cierto día éste llamó a fray Rufino para decirle que iban a una ciudad próxima a predicar. Tras recorrer varias calles el Poverello cogió el camino de vuelta al convento, seguido del intrigado fraile. Éste le preguntó por fin qué es lo que había pasado, pues no habían predicado. San Francisco le respondió que el simple hecho de andar por la ciudad ya constituía un sermón. Ésa es la fuerza de los símbolos. El Cooperador de los Heraldos del Evangelio debe tener conciencia de esa fuerza cuando lleva consigo el distintivo y aún más cuando viste la Capa, sabiendo que está haciendo una proclamación de fe, al presentarse activamente en una obra de evangelización.
5.- Estar presente en la conmemoración anual de los Heraldos del Evangelio, el día 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro.