Nuestra Señora de la Asunción

¿Sabías que Nuestra Señora después del transcurso de esta vida terrena subió a los Cielos en cuerpo y alma?

Asuncion by Bartolome esteban Murillo - 1668/69 - museo de bellas artes - fine arts museum - Seville, SpainAmado lector, la amantísima Virgen y Madre subió de la tierra a los Cielos para unirse a su Hijo en un amor inefable. El amor es virtud unitiva y nadie amó más a Jesús como Ella. Así, también nosotros queremos amarla como nunca nadie la amó, para unirnos a ella como nunca nadie se unió. Y de esta forma la Madre cariñosa también sabrá hacernos subir a los Cielos hacia sus brazos y los de su Hijo Divino. Para ello, meditemos en la solemnidad que la Iglesia celebra hoy: la Asunción de Nuestra Señora. Pidamos la especial asistencia del Espíritu Santo y digamos con el Ángel Gabriel: Ave María …

El Dogma de feSagrado Coração de Jesus - Monte Carmelo

Después de una vida marcada por la Cruz de su Hijo Divino, llegó la hora de la alegría y el triunfo. Por singular privilegio, la Santa Madre de Dios subía a los Cielos en cuerpo y alma. Con la constitución apostólica Munificentissimus Deus, el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 definió este dogma de fe.

¿Nuestra Señora murió o no?

El Papa Pío XII en la fórmula dogmática del documento no define si Nuestra Señora murió o no, o sea, si fue elevada al Cielo después de haber resucitado, o si fue trasladada en cuerpo y alma al Cielo sin pasar por el trance de la muerte.

Fátima - Heraldos del EvangelioLas Sagradas Escrituras nos afirman que en términos generales todos los hombres mueren. Sin embargo, no nos afirman que todos los hombres murieron. Por el contrario, exceptuan algunos, como San Elías, que fue arrebatado en un carro de fuego, San Enoc, que fue llevado por el Espíritu de Dios antes de que llegase la muerte, o aún San Juan Evangelista, como creen muchos santos Doctores, ser probable que no murió, según la palabra de Dios (Jn 21,22).

Preguntamos ahora: ¿no se puede considerar lo mismo sobre Nuestra Señora? De una manera u otra, lo que la tradición cristiana y los Padres de la Iglesia garantizan es que el sagrado cuerpo de la Santísima Madre no sufrió la corrupción del sepulcro. El Tabernáculo bendito del Verbo Divino no fue reducido a polvo. La Santa Iglesia aún no se ha pronunciado infaliblemente sobre este punto, y así, nosotros también prescindiremos de tratarlo aquí. Trataremos de hacerle comprender lo que llevó al Espíritu Santo a exclamar: ¿Quién es ésta que sube del desierto y apoyada en su amado? (Cant 8,5)?

¡La muerte de Nuestra Señora fue un sueño de amor puro por su Hijo!

Para resolver la cuestión, los santos Padres utilizan un hermoso término sobre la muerte de la Virgen Madre. Hablan de la «dormición» de Nuestra Señora. Su muerte fue semejante al declinar de una hermosa tarde, como un dulce y apacible sueño que no era tanto el fin de una vida, pero la aurora de una existencia superior. Para designarla, la Iglesia usa este término encantador: sueño o dormición de la Virgen. Si ella murió, el amor de su Hijo la resucitó y la elevó a los Cielos; si simplemente fue un sueño de amor, entonces el amor de Jesús la elevó a los Cielos de igual forma. Este es el motivo de nuestra fiesta, de nuestra gran alegría, en la que participan todos los santos y ángeles de la Iglesia militante y triunfante.

La Virgen María, ejemplo de amor divino, murió de amor por su Hijo, porque el último efecto del amor afectivo es la muerte de aquellos que se aman. Fue en esta plenitud de gracia que Nuestra Señora subió a los Cielos.

¿Contemplemos entonces qué tipo de sueño de amor fue ese o qué causa de muerte fue esa?

El Santo Simeón ya había profetizado esta muerte, cuando estuvo con Jesús Niño en los brazos: una espada traspasará tu alma (Lc 2,35). No dijo: una espada traspasará tu cuerpo, sino tu alma. Jesús había dicho: Yo no he venido a traer la paz, pero la espada (Mt 10,34), es decir: He venido a traer el fuego (Lc 12,49), he venido a traer el amor! ¡Esta es la Espada del amor que manejan las almas de fuego, o entonces, la espada de fuego que manejan las almas de amor! Y por eso, sobre la Asunción aún canta el Espíritu Santo: ¿Quién es ésta que se levanta como la aurora, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército en orden de batalla (Cant. 6,9)? ¿Cómo podemos entender esta palabra? Sube como la aurora porque de ella nace un nuevo reino, el Reino de María. Es hermosa como la luna, porque tiene la belleza de la simplicidad y la humildad. Es brillante como el sol, porque fue revestida (Ap. 12,1) con la luz de la sabiduría divina, y es terrible como un ejército en orden de batalla, porque tiene un conjunto de hijos e hijas devotos y bien ordenados. Ordenados, porque están unidos y unidos porque tienen los mismos santos ideales, guardan la ley de Dios, luchan contra el pecado y buscan en todo la mayor gloria de Nuestro Señor y de su Madre Santísima.

Pero ¿qué fuego de amor, qué espada de amor fue ésta que traspasó el alma de la Santísima Madre y la elevó a los Cielos? Pensemos en la fuerza que el divino amor ejercía en el corazón virginal de Ella y el vehemente deseo de estar con su Hijo. Su tesoro (Mt 6,21), es decir, su Hijo estaba en el Cielo, hueso de sus huesos, carne de su carne (Gén. 2,23), y al Cielo volaba aquella Santísima Águila (Mt 14, 28). Donde esté el cuerpo, allí se reunirán las águilas. Su corazón, su alma, su vida, toda Ella estaba en el Cielo. ¿Por qué había de quedarse en la tierra? Después de tantos vuelos espirituales, de tantas suspensiones, de tantos éxtasis, aquel Castillo de santa pureza y humildad se rindió al último «asalto» del amor. ¡El amor de su Hijo la venció! Esta Celestial Señora tenía una sola vida con su Hijo, y viviendo, no vivía para sí, sino para Él y Él vivía en ella. Esta Madre que vivía de la vida de su Hijo, también murió de la muerte de su hijo, pues tal es la vida, tal es la muerte. ¡Nuestra Señora murió de amor! María y amor son palabras sinónimas: María es amor y amor es María! Contemplando los amables misterios de la Encarnación, Vida, Pasión y Muerte de Él y recibiendo diariamente las más fervientes inspiraciones, el sagrado fuego del amor divino la consumió por completo en holocausto de suavidad. Esta dulce Madre amaba a Jesús más que nadie y su corazón maternal fue atravesado por la espada de dolor de su Pasión. Las Sagradas Escrituras y todos los santos Doctores nos dicen que Ella murió entre llamas de caridad y en holocausto perfecto por todos los pecados de la tierra. Por eso es Corredentora de la humanidad.

Llena de gracias y de méritos, es elevada a lo más alto de los Cielos.

La entrada triunfante de Jesucristo en el Cielo la entrada de su Madre fue la más esplendida y magnifica de todas. La Reina de Sabá había ido a ver al Rey Salomón, admirar su sabiduría, el orden admirable de su cohorte (1 Reyes 10,10) y le ofreció una enorme cantidad de oro, perfumes, piedras preciosas … riquezas que nunca se habían visto en Jerusalén. Oh, así también la Santísima Virgen, cuando subió a la cohorte celestial de su Hijo, el Nuevo Salomón, llevó el oro de su amor, los perfumes de su devoción, las piedras preciosas de su paciencia y resignación. ¿Qué alma subió a tan alta perfección? ¿Qué alma ha sido tan rica en dones, virtudes y privilegios? En la Jerusalén celestial nunca se había visto nada igual.

La revelación de José de Egipto, figura profética de María, nos ayuda a entender cómo subió a lo más alto del paraíso. El rey de Egipto honró tanto a José, que cuando su padre llegó para verlo le dijo: tu padre y tus hermanos vinieron a verte. El país de Egipto está a tu disposición. Haz que tu padre y tus hermanos ocupen el mejor lugar (Gn 47,5-6). En este día tan santo de la Asunción pensemos cómo fue la llegada de Nuestra Señora al Reino de su Hijo… A Jesús, el Padre Eterno diría: «Toda mi Gloria es tuya (Jn 17,10), Hijo Mío, mi muy Amado, tu Madre llegó para verte. Haz que habite en el coro y en el trono más alto, dispón de la mejor parte de este Reino Eterno para Ella ». Y el Hijo único diría a la Madre única: «Tú eres mi verdadera Madre y te amo como Madre verdadera, mi verdadera Madre, toda mía. Y Yo soy tu verdadero Hijo, todo tuyo». Y por eso subió del desierto inebriada de delicias (Cant 8,5). La gloria de María es la gloria de Jesús y, al subir al lugar de la vida, llenó a todos de consuelos aumentando en nosotros una verdadera devoción. Jesús dió a su Madre el lugar según su amor, la exaltó sobre todos los santos, Querubines y Serafines.

¿Qué significa el desierto? El desierto simboliza el mundo. El mundo que abandonó las fuentes de agua viva y que tanto ha abandonado la práctica de los Sacramentos. Por eso lo vemos a veces tan seco y estéril.

Pero aún sobre estas palabras del Espíritu Santo existen tres lecturas posibles: «quién es ésta» se refiere a la Santísima Virgen Madre de Dios. Pero se puede referir también a la Santa Iglesia Católica y a toda alma justa, pues, la unión de Jesucristo con su Iglesia sólo se da de una forma concreta en las almas fieles …

Nuestra Señora Asunta en nuestras almas, apoyada en los corazones de sus hijos muy amados.

Querido lector, con este artículo los Heraldos del Evangelio desean que la Virgen sea asunta en su corazón. Y no podríamos dejar de dar una palabra de gratitud a nuestro querido fundador, Monseñor João Scognamiglio Clá Dias, que cumple años hoy. Sin él, ciertamente, no habríamos sido inspirados a hacerlo. Hoy, Nuestra Señora es Asunta en muchos corazones, apoyada también en este amado, porque su obra, los Heraldos, ya está en más de 70 países. Así, pedimos en esta Solemnidad y también aniversario de nuestro querido fundador, que nuestra Madre divina sea asunta y apoyada en el corazón de los lectores, diríamos de todos los hombres. Porque si así lo hacemos, ella también sabrá hacernos subir a los Cielos, para un día, en sus brazos maternales descansar eternamente.

También pedimos para que la Santa Iglesia sea exaltada en la tierra como la familia de José, y a ella sea dado ocupar el mejor terreno (Gn 47,5-6) del mundo, porque nos vino a ver hoy con la mirada de la gracia y ternura de su Madre asunta. Que la Iglesia ocupe el mejor terreno del mundo, es decir, nuestros corazones. Y suba inebriada de delicias apoyada (Cant 8,5) en sus amados y fieles hijos.

Terminamos con San Luis G. de Monfort: “…entonces, cosas maravillosas han de ocurrir en este mundo, donde el Espíritu Santo, encontrando a su querida Esposa, como que reproducida en las almas, a ellas descenderá abundantemente y llenándolas de sus dones, particularmente del don de la Sabiduría, para hacer maravillas de la gracia. Mi querido hermano, ¿cuándo llegará ese feliz tiempo, ese siglo de María, en que innumerables almas escogidas, perdiéndose en el abismo de su interior, se convertirán en copias vivas de María, para amar y glorificar a Jesucristo? Este tiempo sólo llegará cuando se conozca y practique la devoción que enseño” (Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen p.217)