Fondo de ayuda Misericordia

Publicado 2012/01/01
Autor : Redacción
Del 14 de septiembre al 12 de octubre el Fondo de ayuda Misericordia realizó cinco donaciones más a entidades sociales vinculadas a la Iglesia Católica en Brasil.

Para aliviar las necesidades de las parroquias menos favorecidas y de entidades benéficas vinculadas a la Iglesia, los Heraldos del Evangelio crearon en el año 2005 el Fondo Misericordia. A través de éste se consiguen los medios para la realización de proyectos concretos, que llegan a la asociación acompañados de la correspondiente documentación y del aval del obispo diocesano.

Fondo de ayuda Misericordia Fondo de ayuda Misericordia
Casa Clamor Cavanis (São Paulo) Pastoral de personas con discapacidad (São Paulo)
Recientemente han sido atendidos cinco proyectos más. El 14 de septiembre fue entregada a su coordinador, Antonio Carlos Munhoz, la ayuda que la Pastoral para las personas con discapacidad, de la Arquidiócesis de São Paulo, había solicitado. Cuatro días después fue donada una furgoneta a la Comunidad Misionera Rosa Mística, de la Diócesis de Mogi das Cruzes. La entrega de las llaves se realizó durante una solemne Celebración Eucarística presidida por el obispo diocesano, Mons. Airton José dos Santos. Aún en septiembre fue atendido el proyecto presentado por el P. Vanderlei Pavan, CSCH, en beneficio de la Casa Clamor Cavanis.
El 5 de octubre el Fondo Misericordia entregó su colaboración para el nuevo seminario diocesano, solicitada por Mons. Benedito Beni dos Santos, Obispo de Lorena. Una semana después, en la fiesta de Nuestra Señora Aparecida, el P. Aumir Scomparin, EP, visitó la parroquia de Santa Rita, en Caieiras, donde entregó al P. Ednaldo Araújo dos Santos la cantidad solicitada para la Comunidad San Luis María Montfort.
Fondo de ayuda Misericordia
Mogi das Cruzes (São Paulo)

Imágenes de Nuestra Señora y San José lloran en Comunidades de los Heraldos del Evangelio

Ciudad de México – México (Lunes, 30-04-2018, Gaudium Press) Transcurridos 100 años de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, muchos esperaban alguna manifestación sobrenatural de la Madre de Dios que confirmase las anteriores advertencias hechas en 1917 a los tres pastorcitos, Lucía, San Francisco y Santa Jacinta.
Heraldos del Evangelio Madrid    No habiendo el mundo dado oídos a los pedidos hechos entonces, era de esperar algo que sacudiese la conciencia de esta humanidad pecadora y adormecida, que ningún aviso del Cielo parece ser capaz de despertar.
     Y, si los hombres no se importan con las advertencias venidas de lo Alto, también Dios parece haber vuelto las espaldas a este mundo, dejando que los acontecimientos corran por sí, arrastrando la civilización contemporánea hacia un futuro incierto y poco auspicioso, en medio a las convulsiones del caos, las guerras y la violencia.

Heraldos del Evangelio

Blason

¿QUIENES SOMOS?

Los Heraldos del Evangelio son una Asociación Internacional de Fieles de Derecho Pontificio fundada por Mons. Juan Clá Dias, la primera a ser erigida por la Santa Sede en el tercer milenio, en el pontificado de San Juan Pablo II, acontecimiento que se realizó por ocasión de la fiesta litúrgica de la Cátedra de San Pedro el 22 de febrero de 2001.

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Heraldos del Evangelio – Apostolado del Oratorio

APOSTOLADO DEL ORATORIO

Oratorio
   ¿Quién lo promueve? ¿Con qué objetivo? ¿En qué consiste? ¿Cómo se desarrolla? María Reina de los Corazones es un apostolado promovido por los “Heraldos del Evangelio”, en estrecha colaboración con la Asociación Cultural Salvadme Reina de Fátima.
      Tiene por objetivo cooperar con los Obispos y párrocos en la labor apostólica de la nueva evangelización, atendiendo a los insistentes llamamientos del Papa Juan Pablo II. De una manera especial, trabajar para que los católicos no practicantes pasen a participar en la vida eclesial de sus respectivas parroquias.
      En su actuación, se empeña por alcanzar sobre todo a las familias, incentivándolas a un compromiso efectivo con las actividades parroquiales. El Apostolado consiste básicamente en hacer peregrinar de casa en casa un oratorio de Nuestra Señora de Fátima. Cada familia recibirá el Oratorio en su hogar una vez por mes, en un día fijo. En ese día, invitará amigos, parientes y vecinos para juntos hacer la lectura de un pasaje del Evangelio, seguida de unos minutos de reflexión; rezar un rosario y un acto de consagración de la familia a Jesucristo, por medio de María.
      Cada grupo de 30 familias recibe asistencia y orientación de un(a) coordinador(a), de preferencia un matrimonio. El Apostolado del Oratorio se realiza siempre en armonía con el plan pastoral de cada Diócesis y de sus respectivas parroquias.
¿Cómo puedo participar?
— Formando un grupo de familias y convirtiéndose en su coordinador o responsable.
— Recibiendo un Oratorio en su casa. Habitualmente una vez al mes. 
Incríbase:

 

Llámenos desde España al teléfono: 902 115465, o rellene el cupón que aparecerá al presionar en el botón Participar.

 

      Participe en esta iniciativa y diga como el Papa Juan Pablo II, en la Consagración del Milenio a la Santísima Virgen: “Madre, tal como el apóstol Juan, queremos recibirte en nuestra casa para aprender con tu Hijo” (8 de octubre de 2000)
Últimos boletines del Oratorio para descargar:

JUVENTUD DE HOY, SOCIEDAD DE MAÑANA

Nº. 40
Mayo/Junio 2012
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EL APOSTOLADO DEL ORATORIO SE EXPANDE POR EL MUNDO

Nº. 37
Marzo/Abril 2011
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EL PAPA EN FATIMA

Nº. 34
Junio 2010
Maria Reina de los Corazones
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¡PAZ! ¿DÓNDE ESTÁS?

Nº. 31
Diciembre 2008
María Reina de los Corazones
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MARÍA, REINA DE LOS CORAZONES

Nº. 28
Año 2007
María Reina de los Corazones
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DIEZ AÑOS DEL APOSTOLADO DEL ORATORIO

Nº. 39
Enero/Febrero 2012
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NAVIDAD, DIOS MÁS CERCA DE LOS HOMBRES

Nº. 36
Noviembre/Diciembre 2010
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ID AL MUNDO ENTERO…

Nº. 33
Febrero 2010
María Reina de los Corazones
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V CONGRESO INTERNACIONAL DE COOPERADORES

Nº. 30
Septiembre 2008
María Reina de los Corazones
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MARÍA, REINA DE LOS CORAZONES

Nº. 27
Año 2007
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SEÑORA DE FÁTIMA, BENDICE A ESPAÑA

Nº. 38
Mayo/Junio 2011
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“DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN A MÍ”

Nº. 35
Septiembre/Octubre 2010
María Reina de los Corazones
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MISIONES MARIANAS POR TODA ESPAÑA

Nº. 32
Año 2009
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LA PRIMERA IGLESIA DE LOS HERALDOS DEL EVANGELIO

Nº. 29
Año 2008
María Reina de los Corazones
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UN DÍA CON MARÍA, EN LA DIÓCESIS DE GUADIX-BAZA

Nº. 26
Año 2007
María Reina de los Corazones
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San Martín l

San Martin I Papa
San Martín l papa
Publicado 2018/04/13
Autor : Catholic.net

 

Papa y Mártir, Abril 13
Oriundo de Todi y diácono de la Iglesia romana, Martín fue elegido Papa para suceder al Papa Teodoro, muerto el 13 de mayo del 649. 
Inmediatamente demostró mucha firmeza en la conducción de la Iglesia. En efecto, no pidió ni esperó el consentimiento para su elección por parte del emperador Constante II que un año antes había promulgado el Tipo, un documento en defensa de la tesis herética de los monotelitas. Para acabar con la difusión de esta herejía, a los tres meses de su elección, el Papa Martín convocó en la basílica lateranense un gran concilio, al que fueron invitados todos los obispos de Occidente. 
La condena de todos los escritos monotelitas, decretada en las cinco solemnes sesiones conciliares, suscitó la furiosa reacción de la corte bizantina. El emperador ordenó al exarca de Rávena, Olimpio, que fuera a Roma y arrestara al Papa. Olimpio no sólo se propuso cumplir las órdenes imperiales, sino que trató de asesinar al Papa por medio de un sicario durante la celebración de la misa en Santa María Mayor.

 

 

 

En el momento de recibir la Hostia de manos del Pontífice, el vil sicario sacó el puñal, pero en ese momento quedó repentinamente ciego.

 

 

Probablemente este hecho convenció a Olimpio de cambiar de actitud y a reconciliarse con el santo Pontífice y a proyectar una lucha armada contra Constantinopla. En el 653, muerto Olimpio de peste, el emperador pudo llevar a cabo su venganza, haciendo arrestar al Papa por medio del nuevo exarca de Rávena, Teodoro Caliopa.

 

 

Martín, acusado de haberse apoderado ilegalmente del alto cargo pontificio y de haber tramado con Olimpio contra Constantinopla, fue llevado por mar a la ciudad del Bósforo. El largo viaje, que duró quince meses, fue el comienzo de un cruel martirio. Durante las numerosas escalas no se permitió a ninguno de los fieles que salieron a saludar al Papa que se acercaran a él. Al prisionero no se le daba ni siquiera el agua para bañarse. EL 17 de septiembre del 654 llegó a Constantinopla, fue colocado en una camilla y expu

 

 esto durante todo un día a los insultos del pueblo, y después lo encerraron durante tres meses en la cárcel Prandiaria. Después comenzó un largo y extenuante proceso, durante el cual fueron tales las sedicias que le hicieron murmurar al imputado: “Hagan de mí lo que quieran; cualquier clase de muerte será un bien para mí”. 

 

 

 

Degradado públicamente, desnudo y expuesto a los rigores del frío, encadenado, fue encerrado en la celda reservada a los condenados a muerte. El 26 de marzo del 655 lo hicieron partir secretamente para el destierro en Crimea. Sufrió el hambre y padeció en el abandono más absoluto durante cuatro meses más, hasta cuando la muerte le llegó, agotado en el cuerpo pero no en la voluntad, el 16 de septiembre del 655.

 

 

Monotelismo: Es una herejía en la que se aceptaba las dos naturalezas de Jesús, pero tan sólo una voluntad: la divina.

 

http://es.arautos.org/view/lastLeaf/479-Santo

Conociendo las vías de la confianza

Autor : Plinio Corrêa de Oliveira

Entre los cuatro libros que más marcaron el alma del Dr. Plinio figura “El libro de la confianza”. En la conferencia que transcribimos a continuación narra cómo fue su encuentro con dicha obra.

Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los corazones, susurráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz”…

Esta frase la relaciono con días de mucha aflicción para mí. Con 25 años me encontraba en una encrucijada de mis caminos, en virtud de una determinada circunstancia de mi vida en que el problema de discernir la voz de Cristo, la voz misteriosa de la gracia, se presentaba de un modo bastante agudo.
A los 24 años me fui a Río de Janeiro para asumir mi puesto de diputado en la Asamblea Constituyente. Viajé despreocupado con respecto a mi familia, pues la dejaba en condiciones de vida completamente normales.
A pesar de ser todavía joven, me dirigía hacia allí tranquilo, porque, si mi elección correspondía a los planes de Dios, yo sabría obtener éxito. La Divina Providencia no le traza a un hombre un camino sin darle el apoyo necesario. Así, estaba convencido de que, incluso teniendo que soportar alguna amargura, todo acabaría bien.
Aflicciones y decepciones
Conociendo las vías de la confianza PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRASin embargo, no todo en Río de Janeiro salió para mí como un joven idealista esperaba. La vida parlamentaria me trajo enormes sinsabores, los cuales, sumados a otras dificultades, me hicieron sentir cierta desilusión, como si la Providencia no fuera a cumplir las perspectivas que Ella misma había abierto ante mí.
Poco tiempo después, una información procedente de São Paulo vendría a turbar más mi horizonte. En efecto, el futuro de mis padres y el de sus dos hijos estaba prácticamente asegurado por la voluminosa herencia que nos legaría un pariente cercano. Pero esta persona, ya mayor, hizo un mal negocio y perdió todo su patrimonio. En consecuencia, no heredaríamos nada. Peor aún. Quedaríamos reducidos a una grave situación financiera.
Pensé: “¿Cómo puede ocurrir una cosa así? ¿Ahora qué voy hacer? Cuando termine mi mandato de diputado, ¿qué profesión ejerceré? Era mejor no haber salido electo que, concluida la carrera parlamentaria, estar obligado a optar por un empleo inferior”.
Luego aquello que a primera vista parecía un regalo de la Providencia, se había transformado en algo que caía sobre mí.
Como si no bastara la preocupación con ese futuro tan desabrido, sombrío, amenazador, empiezo a sentir todas las noches, alrededor de las tres de la madrugada, una neuralgia en la cara. Fortísima, como si fuera un clavo incrustado en el rostro, y que me impedía dormir. La única salida que tenía para encontrar cierto alivio era sentarme y quedarme con la cabeza apoyada sobre dos o tres almohadas, permaneciendo así hasta que me viniera el sueño. Entonces así conseguía descansar un poco más.
Me despertaba y tenía que salir deprisa a la reunión de los diputados paulistas y, a continuación, a la sesión de la Asamblea. Por la noche, me quedaba algo de tiempo para rezar el Rosario, cuidar de mi vida espiritual, etcétera.
Quien nunca ha pasado por una de esas neuralgias no imagina lo que es quedarse durante esas horas nocturnas así doblado, sintiendo un clavo introducido en el rostro y sin conseguir dormir. Y en mi caso, pensando en todos los problemas que me afligían. Es decir, la pérdida de una fortuna, una carrera profesional comprometida, en fin, viendo mi vida muy dificultosa. Mi porvenir parecía una flor que había brotado por la mañana bajo un lindo sol y que antes de anochecer ya tenía sus pétalos arrancados y esparcidos por un vendaval…
Sin hablar de otra circunstancia que no hacía más que aumentar esa angustia. Había tomado la resolución de consagrar toda mi vida al apostolado católico. Es comprensible que para tal fin no podría dedicar mucho tiempo al trabajo profesional. Pero, claro, si no ejerciera ninguna profesión, no tendría cómo proporcionarles a mis padres, que ya caminaban hacia la vejez, una vida acorde a su posición social. ¿Cómo hallaría una solución? ¡Qué problemas, qué cosas misteriosas!
Y así quedaba yo deshecho ante esas perspectivas, horas y horas, noches en vela, sin saber qué salida darle, hasta el momento en que la Santísima Virgen determinara que se hiciera luz en tan sombrío panorama.
Un libro comprado al azar
Cerca de mi hotel se erguía la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, adonde yo iba a comulgar todos los días. Ocurre que, debido a las neuralgias y a las preocupaciones, me resultaba difícil levantarme tan temprano como sería necesario para recibir la sagrada Eucaristía durante las Misas de la mañana, ya rezadas cuando yo llegaba a la iglesia. Pero el párroco era extremadamente amable conmigo: al percibir que mis horarios eran bastantes ajustados, siempre se disponía a darme la comunión en el momento en que apareciera yo por allí. Superfluo es decir cómo le estaba agradecido por esa caridad, haciéndoselo entender al saludarlo con particular gentileza. Sólo era eso, pues tenía que salir corriendo hacia la Asamblea Constituyente y no tenía tiempo para entablar una conversación con él.
Sin embargo, un día el sacerdote se me acercó y me dijo: “Dr. Plinio, estamos organizando una exposición de libros piadosos en la sacristía. Si usted desea ver la muestra, tal vez haya alguna obra que le guste”.
De hecho, me estaba diciendo otra cosa: “Para mantener la parroquia, estamos vendiendo algunos libros. ¿Usted no querría ayudarnos comprando algunos?”. Yo, debiéndole tantos favores, no podía ni era mi voluntad rechazarlo. Auxiliar a aquella parroquia era una cosa muy buena, y quería colaborar en esa forma de bien. De modo que concluida mi acción de gracias, fui corriendo hasta la sacristía dispuesto a adquirir dos o tres libros, elegidos al azar. Cogí uno de cuyo tema ya no me acuerdo, y otro llamado El libro de la confianza.
Me retiré apresuradamente, me subí a un taxi y fui a trabajar, llevando los libros en la mano. Por la noche, de vuelta en la habitación del hotel, los dejé sobre un mueble cualquiera, sin prestarles mucha atención.
“Voz de Cristo…”
En fin, allí estaba el libro y, aquel mismo día o al siguiente, resolví hojearlo. Era de una lectura muy fácil, con letras grandes y capítulos cortos. Escrito por un tal P. Thomas de Saint-Laurent y traducido por “M. P.” (que yo sabía que eran las iniciales de la esposa del expresidente Epitacio Pessoa, una señora de renombradas dotes literarias). Desconociendo el camino que la Santísima Virgen me preparaba, abrí el libro y leí esa frase que, después de tantos y tantos años, aún recuerdo muy bien: “Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia, susurráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de dulzura y de paz”.
Me causó singular impresión el hecho de que yo estaba angustiado y lleno de dudas y nunca, pero absolutamente nunca, había oído hablar de la confianza como una virtud que el católico debía practicar. Entendía que confiar en Dios es una actitud buena. Incluso me acordaba de un canto interpretado por el coro de la parroquia en la que me había hecho congregado mariano, cuya letra en latín era: “Beatus homo qui confidet in te” – Dichoso el hombre que confía en ti, Señor. Me gustaba escuchar aquello, era una canción que me decía algo, pero no profundizaba en su significado.
Ahora bien, en aquella amargura mía, al leer las palabras “voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia”, tuve una sensación curiosa, como si una atmósfera dulcísima y llena de afecto penetrara en mí, alejara todos los espantajos y recelos y me dijera: “Repita, hijo mío: voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia, susurráis en mi alma palabras de dulzura y de paz”.
Sentía algo que hacía que se extinguieran todas mis angustias y me daba una certeza de que, realmente, esos fantasmas de perspectivas y de preocupaciones futuras desaparecerían. Y de que el Señor y la Virgen resolverían exitosamente los problemas que tanta amargura me causaban.
Continué leyendo el libro y en cada nueva frase, la misma sensación de tranquilidad se producía en mí. Me daba la impresión de estar entrando en un bosque encantado donde brotaban flores maravillosas, donde los pajarillos cantaban de un modo más sonoro y agradable posible, etcétera.
Conociendo las vías de la confianza
¿Y dónde queda la razón?
No obstante, siempre habituado a raciocinar mucho, y desconociendo la doctrina católica acerca de la confianza, tenía dos objeciones contra esos sentimientos.
En primer lugar, no se me presentaba ninguna razón plausible para confiar en que la Santísima Virgen me ayudaría en aquella emergencia, pues no veía en mi horizonte nada que me prometiera una solución. Y el hombre ha de ser concreto, no puede vivir de impresiones interiores. Para confiar, necesitaría motivos sinceros, francos, “al pan, pan, y al vino, vino”, hijos de la razón. Ahora bien, ¿dónde estaba la razón dentro de toda esa historia?
Después estaba el hecho de que en ciertas horas del día leía aquellas frases y para mí era como si estuviera mascando serrín de madera. No me decían nada. A otras horas, al contrario, era como si penetrara un pedazo de Cielo dentro de mi espíritu. Enseguida, una objeción: “¿Qué propósito hay en esto? No entregaré mi alma a esas sensaciones interiores sin antes obtener una explicación de cómo se fundamentan en la buena y ortodoxa doctrina de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana”.
Pero, no había remedio, era una experiencia curiosa: abría el libro y penetraba en mí esa dulzura. En ese momento, las objeciones desaparecían, haciendo evidente que aquello era una acción de la gracia, un favor de Dios y de la Virgen. No obstante, cuando cerraba el libro, aquella suavidad se eclipsaba y ya no era tan patente para mí que se tratara de un movimiento de la gracia. Luego, necesitaba pruebas.
La solución exacta, en el momento exacto
Éstas aparecieron, de manera bastante inesperada.
Los fines de semana los pasaba en São Paulo para estar con mis padres y el domingo por la noche o el lunes por la mañana regresaba a Río de Janeiro.
Cierta noche, en una de esas idas a São Paulo, me encontraba en el edificio de la Congregación Mariana de Santa Cecilia, cuando un congregado amigo mío, persona muy viva e inteligente, se acercó a mí y, en un tono de voz bajo, casi susurrado, me dijo:
-Plinio, ¿te gustaría que te diera cierta información para que consigas un empleo muy bueno? Cuando dejes de ser diputado, te quedas con ese trabajo…
¡Caí de las nubes! “Este hombre no sabe nada sobre mi vida, no conoce los apuros y problemas por los que estoy pasando, ¿cómo puede venir a ofrecerme algo tan capaz de satisfacerme y de aliviarme de tantas preocupaciones?”.
En fin, cuando uno se está ahogando en el mar, se agarra a cualquier cuerda que aparezca, porque debe estar sujeta a algún lugar sólido. Inmediatamente cogí dos sillas y le hice que se sentara a mi lado:
-Ven aquí y cuéntamelo todo. Se había enterado de la apertura de plazas para profesores en el Colegio Universitario de la Facultad de Derecho de São Paulo, y comprobó que yo encajaba en una de ellas. Con algunas providencias, yo conseguiría el puesto, con un óptimo sueldo.
Dudé un poco, pero finalmente resolví actuar conforme me había indicado. Y de hecho, después de algunos trámites, acabé siendo nombrado profesor catedrático vitalicio y con el vencimiento irreductible. Era el cargo que deseaba, con el sueldo que necesitaba y una honrosa posición para un exdiputado.
Terminó el mandato, volví a São Paulo y el empleo estaba a mi espera. Más o menos por esa época me ofrecieron otros dos cargos de profesor catedrático, en las dos primeras facultades católicas abiertas en São Paulo: la de Sedes Sapientiæ y la de San Benito.
En ese ínterin, las neuralgias desaparecieron, como si nunca hubieran existido. Algunas cargas me habían sido quitadas de encima y entendí la verdad de esta afirmación: “Voz de Cristo, voz misteriosa de la gracia…”.
Las razones para confiar
Todo lo que nos lleva hacia la virtud será siempre una acción que baja del Cielo hasta nuestras almas. Y si algo nos impele a proceder conforme a la fe y a la doctrina católica, existen todas las razones para creer que eso viene de Dios.
Máxime cuando nos sentimos débiles y notamos en determinado momento una fuerza que nos ayuda a realizar lo que pensábamos que no estaba al alcance de nuestra flaqueza. Es Dios quien está levantándonos y haciéndonos andar. Él nos prueba, nos pide una tarea ardua y pesada, pero nos sustenta para que caminemos. Deus qui ponit pondus, supponit manum, dicen las Escrituras. Dios que impone el peso, coloca debajo su mano para que lo soportemos.
Por lo tanto, si sentimos valor y tenemos vuelo de alma para emprender lo que antes nos parecía tan difícil, podremos verdaderamente decir: “La gracia me está conduciendo. Dios me llama. Yo voy”.
Lo que había pasado conmigo al leer El libro de la confianza era, pues, obra de la gracia. A través de sus páginas benditas, acabé conociendo las vías de la confianza, la cual debe llevarnos a cada uno de nosotros a este punto: aunque existiera un gran peligro de que los planes de Dios acerca de nosotros no se concreten, debemos permanecer tranquilos porque, al final, se realizarán.
Tranquilos, es verdad, pero no indolentes. Es necesario rezar y pedir para obtener, siguiendo el consejo del Señor: “Pedid y se os dará; llamad y se os abrirá”.
Y les recuerdo que nunca una petición le será verdaderamente grata a Él, si no la hacemos por medio de la Santísima Virgen, Madre suya y nuestra. Madre de misericordia, nuestra vida, dulzura y esperanza. Entonces pidámosle a Ella, y por medio de Ella a Nuestro Señor Jesucristo, diciendo: “Madre mía, vuestro divino Hijo tiene tales designios respecto a mí, pero los problemas se acumulan enfrente de mi camino. Sin embargo, no me dejo tomar por angustias ni inquietudes, porque confío en Vos. ¡Ayudadme!”.
Y así practicamos, de la mejor manera posible, la virtud de la confianza.
Extraído de la revista “Dr. Plinio”. Año III, N.º 23 (Febrero, 2000); pp. 6-11.

El mejor fundamento de nuestra confianza

Mater Mea
Publicado 2018/04/04
Autor : Redacción
La confianza es, por tanto, infundida en el alma por el Espíritu Santo y, como todas las gracias y dones, pasa invariablemente por las manos de la Virgen.
Mater mea Fiducia mea

Si quæris cælum, anima, Mariæ nomen invoca… – Invoca el nombre de María, oh alma, si deseas alcanzar el Cielo. Al nombre de María, las culpas huyen, y las tinieblas, el dolor, la enfermedad, las heridas”. Esta sencilla oración, cuyo origen se pierde en las antiquísimas tradiciones de la Iglesia, es una hermosa glosa de la exclamación del salmista, todavía más antigua: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo” (Sal 22, 4).

Vemos cómo la vida de los santos está cuajada de estertorosas aflicciones, dolores y perplejidades. A decir verdad, el sufrimiento es la característica de la santidad. La vida de toda persona virtuosa acaba siendo, tantas veces, una sucesión de fracasos o incluso de tragedias. De esto nos da ejemplo Job, que ante los infortunios exclamó: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor” (Job 1, 21).
Llama la atención, sin embargo, que haya personas que en tales situaciones extremas encuentren fundamentos tan sólidos para mantener la calma y la serenidad, hasta el punto de que en su alma llegan a florecer esas conmovedoras expresiones de piedad y de fe. ¿De dónde les viene eso?
Se suele definir a la confianza como “la esperanza fortalecida por la fe”, y ésta, a su vez, es una gracia que ilumina “los ojos del corazón” (cf. Ef 1, 18). Las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero la certeza dada por la luz divina es mucho mayor que la dada por la luz de la razón natural. En esa seguridad sobrenatural el alma encuentra motivos que le alimentan la esperanza de alcanzar la eternidad feliz y el consuelo definitivo para sus males actuales.
La confianza es, por tanto, infundida en el alma por el Espíritu Santo y, como todas las gracias y dones, pasa invariablemente por las manos de la Virgen. Ella no se basa en conceptos teóricos, sino en una certeza interior puesta en el corazón del hombre que lo ordena por completo. Aporta en consecuencia una gran calma, una convicción de que la vida y el sufrimiento tienen sentido, por muy árido y tortuoso que sea el camino.
El que experimenta esa acción apaciguadora de la gracia conoce los efectos de una misericordia insondable, de una bondad que lo envuelve por entero. Siente en su interior la compasión de esa Madre que atiende a su hijo rebosante de pena, con una dadivosidad pacientísima e inagotable, dispuesta a ayudar en grado inimaginable en cualquier momento. Y adquiere la certeza de que la Virgen puede y quiere arreglar cualquier situación, siempre que hacia Ella nos dirijamos.
Esa misericordia insondable, que se multiplica solícita para atendernos, es el mejor fundamento para nuestra confianza. ¿Qué hemos de hacer para conseguirla? Al ser una gracia, no depende de nuestro esfuerzo; basta pedirla, y Ella nos la dará… porque quiere dar. Sólo espera nuestra petición…